Poné play - Discurso de Perón 17 de octubre de 1945

jueves, 6 de agosto de 2009

TÚPAC AMARU (1743-1781)

PERÚ

La sublevación del mestizo José Gabriel Condorcanqui, quien protestaba contra las injusticias de los corregidores y reclamaba para sí el título de Inca heredado de una hija de Felipe Túpac Amaru, dio origen a uno de los episodios más horrendos -quizás el más horrendo- entre todos los crímenes perpetrados en América. Los espíritus tolerantes del siglo XVIII debieron estremecerse ante la ordalía de sangre y crueldad en la que «ilustrados» funcionarios españoles se comportaron peor que el más sanguinario de los salvajes.
Ya en el siglo XVI, el virrey Toledo había intentado sin éxito borrar el recuerdo y la imagen del Inca alegando que ella «vendrá a criar yerba de libertad». Esto era tan cierto que, dos siglos después, el científico y perspicaz viajero que fue Alexander von Humboldt observaba que «dondequiera que ha penetrado la lengua peruana, la esperanza de la restauración de los incas ha dejado huellas en la memoria de los indígenas que guardan recuerdo de su historia nacional». También a los funcionarios les preocupaba esta evidencia. Después de una conspiración que hubo en Lima en 1750, el virrey conde de Superunda opinaba que no debía permitirse a los indios hacer en las fiestas sus mascaradas y bailes como era costumbre, porque las reducían «a una representación de sus antiguos reyes, a sus trajes, estilo y comitiva, cuya memoria los entristece y no deponen algunos sin lágrimas las vestiduras e insignias de sus primeros monarcas». Este sentimiento, renovado en las obras de teatro que representaban con frecuencia, unido a la explotación de que eran objeto por parte de los corregidores del siglo XVIII, explica la rapidez con la que pueblos enteros se alistaron tras la figura del carismático mestizo después de siglos de opresión y pasividad.
José Gabriel Túpac Amaru, como eligió llamarse este «portavoz de los indios ante los blancos», era quinto nieto del último Inca y como tal reclamó para sí a los 22 años el título de cacique de los pueblos de Surimana, Pampamarca y Tangasuca. Había hecho sus estudios en el colegio jesuita para hijos de caciques del Cuzco donde aprendió, entre otras cosas, la historia sagrada, como lo prueban sus frecuentes alusiones a la Biblia. No es aventurado pensar que la historia de Moisés salvando a su pueblo israelita de la esclavitud en que lo tenían los egipcios lo haya alentado a realizar idéntica misión entre los suyos, apoyándose también, quizás, en las teorías del jesuita Francisco Suárez sobre la soberanía del pueblo. Tres o cuatro veces, en sus declaraciones, identifica la tiranía de los corregidores con la del faraón egipcio, pero es en su respuesta al sádico juez Mata Linares donde mejor se percibe esta posible identificación: «siendo descendiente de los incas, como tal, viendo que sus paisanos estaban acongojados, maltratados, perseguidos, él se creyó en la obligación de defenderlos, para ver si los sacaba de la opresión en que estaban». Palabras éstas que recuerdan casi textualmente los razonamientos de Moisés cuando decide salvar a su pueblo del despotismo egipcio, y también cuando recuerda que: «Un humilde joven con el palo y la honda y un pastor rústico, libertaron al infeliz pueblo de Israel del poder de Goliat y faraón: fue la razón porque las lágrimas de estos pobres cautivos dieron tales voces de compasión, pidiendo justicia al cielo, que en cortos años salieron de su martirio y tormento para la tierra de promisión. Mas al fin lograron su deseo, aunque con tanto llanto y lágrimas. Mas nosotros, infelices indios, con más suspiros y lágrimas que ellos, en tantos siglos no hemos podido conseguir algún alivio; y aunque la grandeza real y soberanía de nuestro monarca se ha dignado librarnos con su real cédula, este alivio y fatiga se nos ha vuelto mayor desasosiego, ruina temporal y espiritual. Será la razón porque el faraón que nos persigue, maltrata y hostiliza no es uno solo, sino muchos, tan inicuos y de corazones tan depravados como son todos los corregidores, sus tenientes, cobradores y demás corchetes: hombres por cierto diabólicos y perversos [...] que dar principio a sus actos infernales sería santificar... a los Nerones y Atilas de quienes la historia refiere sus iniquidades... En éstos hay disculpas porque, al fin, fueron infieles; pero los corregidores, siendo bautizados, desdicen del cristianismo con sus obras y más parecen ateos, calvinistas, luteranos, porque son enemigos de Dios y de los hombres, idólatras del oro y de la plata. No hallo más razón para tan inicuo proceder que ser los más de ellos pobres y de cunas muy bajas».
En 1760 se había casado con Micaela Bastidas, valiente y decidida mujer que, además de darle tres hijos, lo animó y ayudó en una empresa que desde el primer momento consideró también como suya. No fue la única: varias mujeres, indígenas y mestizas, participaron en esta gesta contra la opresión de un sistema tiránico y humillante.
Boleslao Lewin, en su ya clásica obra sobre Túpac Amaru, afirma que su programa social fue claro y explícito desde un principio. No así el político, que fue variando a medida que se desarrollaban los acontecimientos. Cuando se acerca por primera vez a las autoridades españolas, en 1777, lo hace con un coherente programa de reivindicaciones; en primer lugar; conseguir la eliminación de la mita, sobre todo la minera, que si siempre había sido dura, con la disminución de los indígenas era imposible de sobrellevar. «Entonces morían los indios y desertaban -afirma en el memorial de diciembre de 1777- pero los pueblos eran numerosos y se hacía menos sensible; hoy, en la extrema decadencia en que se hallan, llega a ser imposible el cumplimiento de la mita porque no hay indios que las sirvan y deben volver los mismos que ya la hicieron...». Denuncia los esfuerzos inhumanos a que son obligados, los largos y peligrosos caminos que deben andar para llegar hasta allí «más de doscientas jornadas de ida y otras tantas de vuelta» y propone que, en lugar de los indios, trabajen en las minas «el copioso número de trabajadores establecidos en dicho cerro de Potosí». Pedía también la extinción de los obrajes, verdaderas cárceles donde se obligaba a adultos, viejos y hasta a niños a tejer y a hacer otras "granjerías" sin descanso.
Las mayores acusaciones, sin embargo, estaban dirigidas a los corregidores, quienes, para poder conservar sus vidas lujosas e incrementar aún más los dividendos, obligaban a los indios a comprar toda clase de objetos inútiles, quedándose ellos con parte de la ganancia obtenida. La sabia legislación indiana había prohibido a los corregidores de indios comerciar con ellos, pero desde mediados del siglo XVIII esta prohibición pasó a ser letra muerta. Es así que, como decía Túpac Amaru, «nos botan alfileres, agujas de Cambray, polvos azules, barajas, anteojos, estampitas y otras ridiculeces como éstas. A los que somos algo acomodados nos botan terciopelos, medias de seda, encajes, hebillas, ruán y cambrayes, como si nosotros los indios usáramos de estas modas españolas. Y en unos precios exorbitantes, que cuando llevamos a vender no volvemos a recoger ni la veinte parte de lo que hemos de pagar... ». Es decir, que seguían recurriendo a los cascabeles y cuentas de colores de comienzos de la Conquista. Algunos funcionarios reales veían y denunciaban este estado de cosas pero no se tomaba ninguna medida seria, quizás porque la Corona no podía pagar de otro modo a los corregidores que debían cobrar su sueldo de lo que sacaban a los indios.
Viendo que sus peticiones no tenían eco, Túpac Amaru comenzó a preparar la insurrección haciendo acopio de armas de fuego, vedadas a los indígenas. Al mismo tiempo trataba de atraer a criollos y mestizos a su causa con desparejo resultado. La ocasión se presentó cuando el obispo criollo Moscoso excomulgó al corregidor de Tinta, Arriaga, individuo particularmente odiado por los indios. El 4 de noviembre de 1780, Túpac Amaru, con su autoridad de cacique de tres pueblos, mandó detener a Antonio de Arriaga, y lo obligó a firmar una carta donde pedía a las autoridades dinero y armas y llamaba a todos los pueblos de la provincia a juntarse en Tungasuca, donde estaba prisionero. Le fueron enviados 22.000 pesos, algunas barras de oro, 75 mosquetes, mulas, etcétera.
El 10 de noviembre, ejecutado Arriaga en la horca, según Túpac Amaru «en nombre del rey», comienza la mayor sublevación de América, cuyos ecos llegaron hasta los virreinatos de Nueva Granada y Río de la Plata, provocando nuevas insurrecciones en las que perdieron la vida más de 100.000 personas. «Desde el día diez -dice un documento de la época citado por Pedro de Ángelis- empezó a escribir cartas a diferentes caciques, mandándoles que prendiesen a sus corregidores, tenientes y demás dependientes, y dando órdenes para que se embargasen sus bienes». Estas cartas iban acompañadas de los edictos que habían de publicar dichos caciques en sus respectivas provincias, promulgando que se acabarían los pechos de repartimientos, aduanas y mitas de Potosí con el exterminio de los corregidores.
Seguido por un entusiasta ejército de indios, empezó a recorrer pueblos y ciudades destruyendo a su paso los obrajes, símbolo de opresión, y emitiendo proclamas que modificaban su discurso según fueran dirigidas a los indios y a los esclavos, a los sacerdotes o a los criollos. A los primeros les prometía que «quedarán libres de la servidumbre y esclavitud en que estaban», insistiendo en que su misión consistía en abolir los abusos y terminar con los corregidores, que él era el libertador del reino y el restaurador de los privilegios otorgados a sus antepasados por los Reyes Católicos. A los clérigos les aseguraba que «sólo pretendo quitar tiranías del reino, y que se observe la santa y católica ley, viviendo en paz y quietud», recalcando en una carta al obispo Moscoso «V. S. Ilma. no se incomode con esta novedad ni perturbe su cristiano fervor. Ni la paz de los monasterios, cuyas sagradas vírgenes e inmunidades no se profanarán de ningún modo, ni sus sacerdotes serán invadidos con la menor ofensa de los que me siguieren...».
El 23 de diciembre de 1780 se dirige especialmente a los criollos en una proclama donde hace saber que «viendo el yugo fuerte que nos oprime con tanto pecho [impuestos] y la tiranía de los que corren con este cargo, sin tener consideración de nuestras desdichas, y exasperado de ellas y de su impiedad, he determinado sacudir el yugo insoportable y contener el mal gobierno que experimentamos de los jefes que componen estos cuerpos, por cuyo motivo murió en público cadalso el corregidor de Tinta, a cuya defensa vinieron de la ciudad del Cuzco una porción de chapetones, arrastrando a mis amados criollos, quienes pagaron con sus vidas su audacia. Sólo siento lo de los paisanos criollos, a quienes ha sido mi ánimo no se les siga ningún perjuicio, sino que vivamos como hermanos y congregados en un cuerpo, destruyendo a los europeos».
Las respuestas a estas proclamas fueron inmediatas y distintas. En las calles de Arequipa y del Cuzco aparecieron pasquines en favor y en contra del rebelde.
Como España estaba en guerra con Gran Bretaña, se decía para desprestigiar al famoso mestizo que había tomado contacto con los ingleses. Entre la crítica y la admiración, un diario de Arequipa describía así, en enero de 1781, la figura del insurrecto y sus seguidores. El testigo destaca los elementos incaicos de su vestimenta e insinúa la presencia de dos ingleses entre sus hombres.
«El ejército era muy considerable, y fuera de la infantería llevaba sobre mil hombres de caballería, españoles y mestizos, con fusiles, y al lado izquierdo y derecho de Túpac Amaru iban dos hombres rubios y de buen aspecto, que parecían ingleses. Túpac Amaru iba en un caballo blanco, con aderezo bordado de realce, su par de trabucos naranjeros, pistolas y espada, vestido de azul de terciopelo, galoneado de oro; su cabriolé en la misma forma, de grana, y un galón de oro ceñido en la frente. Su sombrero de tres vientos, y encima del vestido, su camiseta o unco, semejante a un roquete [casulla] de obispo, sin mangas, ricamente bordado, y en el cuello una cadena de oro, y en ella pendiente un sol del mismo metal, insignias de los príncipes, sus antepasados.»
La revuelta tuvo repercusión en toda la América hispana: desde el Río de la Plata hasta Colombia, Venezuela y aun Panamá y México, pero no todos los movimientos tuvieron las mismas características. Aunque después de su muerte los criollos utilizaron la figura de Túpac Amaru como símbolo, el suyo fue un movimiento esencialmente indígena: se unieron a él hasta los chiriguanos y los mocovíes nómades del Chaco salteño. En febrero de 1781 se levantaron Chuquisaca y Oruro, en marzo Tupiza, Puno, La Paz y Jujuy, donde decían «Ya tenemos rey Inca». Unos 5000 indios en una extensión de 1500 kilómetros, de Salta al Cuzco, se dispusieron a seguir al rebelde. En Oruro, donde hubo mucha participación de mestizos, se fijó en abril del 81 este pasquín:
Ya en el Cuzco con empeño quieren sacudir y es ley, el yugo de ajeno rey y coronar al que es dueño. ¡Levantarse americanos! Tomen armas en las manos, y con osado furor maten, maten sin temor a los ministros tiranos.
Y en marzo de 1781 fijaron en la puerta de la Audiencia de Charcas:
El general inca viva jurémosle ya por rey, porque es muy justo y de ley que lo que es suyo reciba. Todo indiano se aperciba a defender su derecho porque Carlos con despecho los aniquila y despluma y viene a ser todo, en suma, robo al revés y al derecho.
Como fácilmente se ve en estos versos, mestizos y criollos protestaban sobre todo por la política impositiva de Carlos III. En la ciudad de Mendoza quisieron quemar su retrato «intentando dar a un vecino doscientos pesos... para quemarlo a favor del rebelde Túpac Amaru inca, y los dependientes de este rebelde, dando por bien hechas las atrocidades que han hecho». También el movimiento de los comuneros de Nueva Granada, esencialmente anti-impositivo, tomó elementos de los tupamaristas, pero con predominio criollo. «El día 16 de marzo de 1781, día de mercado, se presentaron en la plaza del Socorro unos cuantos hombres... vociferando que no pagarían los impuestos»; ante la intervención del alcalde que trataba de disuadirlos, «una mujer llamada Manuela Beltrán se acercó a la puerta de la casa donde estaba fijado en una tabla el edicto del Visitador y al grito de 'Viva el rey y muera el mal gobierno!', desgarró el edicto y volvió pedazos la tabla entre los vivas y aplausos de la multitud».
Sucesos semejantes ocurrieron en distintas ciudades de Nueva Granada, con la diferencia de que en algunos pueblos se añadía al repudio por los impuestos algo mucho más grave: el reconocimiento de Túpac Amaru como nuevo rey. «¡Que viva el rey inca y muera el rey de España y todo su mal gobierno y quien saliese en su defensa!», gritaban en Silos, mientras en los llanos de Casanare y pueblos aledaños, un criollo, don Javier de Mendoza, se ponía a la cabeza de los indios sublevados en mayo del mismo año y hacía jurar a Túpac Amaru como rey de América. Es posible, sin embargo, que los comuneros de Nueva Granada, en su mayoría criollos, hubieran tomado el nombre del Inca para atraer a su causa a los indios del lugar.
Si Túpac Amaru hubiera podido tomar la ciudad del Cuzco, otro rumbo hubieren seguido los acontecimientos. Quizás hubiera podido negociar una paz digna y obtener un indulto. Pero el ilustre peruano no quería que corriera tanta sangre y el tiempo que empleó en cartas al obispo y al cabildo de la ciudad para que se rindieran fue aprovechado por sus enemigos para enviar refuerzos considerables que hicieron imposible una victoria de los insurrectos.
Con la llegada al Cuzco del visitador general José Antonio de Areche y el inspector general José del Valle encabezando un ejército compuesto de 17.116 hombres armados, la situación se desequilibró en perjuicio de los rebeldes. Lo más importante, sin embargo, fueron las medidas políticas adoptadas por los jefes realistas: se prohibiría el reparto (comercio obligatorio) de los corregidores y se indultaría con un perdón general a todos los comprometidos en la insurrección, exceptuando a los cabecillas. Estas medidas lograron que muchos desertaran o pasaran a las filas realistas. Túpac Amaru intentó todavía dar un golpe de mano atacando primero, pero el ejército realista fue advertido por un prisionero escapado y el golpe fracasó. La noche del 5 al 6 de abril se libró la desigual batalla entre los dos ejércitos. Según un parte militar «fueron pasados a cuchillo más de mil y derrotado el resto enteramente». Al verse perdido Túpac Amaru intentó fugar: «viendo todo perdido -sigue contando el parte militar del 8 de abril- envió orden a su mujer e hijos de que huyesen como pudiesen y se arrojó a pasar un río caudaloso a nado, lo que logró. Pero a la otra banda el coronel de Langui, que lo era por su orden en este pueblo, por ver si indultaba su vida, le hizo prisionero y le entregó a los nuestros... lo mismo que a su mujer, hijos y demás aliados... A las seis de la mañana de este mismo día se condujo prisionero a Francisco Túpac Amaru, tío de José Gabriel, y a otro cacique llamado Torres, famosos capitanes del rebelde. El primero traía vestiduras reales, de las que usaban los Incas, con las armas de Túpac Amaru bordadas de seda y oro en las esquinas».
Túpac Amaru y los suyos quedarían expuestos a las fieras, que se cobrarían con creces los momentos de humillación y miedo que debieron pasar por su causa.
«El viernes 18 de mayo de 1781, después de haber cercado la plaza con las milicias de esta ciudad del Cuzco... y cercado la horca con el cuerpo de mulatos y huamanguinos, arreglados todos con fusiles y bayonetas caladas, salieron de la Compañía nueve sujetos que fueron: José Verdejo, Andrés Castelo, un zambo, Antonio Oblitas (el verdugo que ahorcó al general Arriaga), Antonio Bastidas, Francisco Túpac Amaru; Tomasa Condemaita, cacica de Arcos; Hipólito Túpac Amaru, hijo del traidor; Micaela Bastidas, su mujer, y el insurgente, José Gabriel. Todos salieron a un tiempo, uno tras otro. Venían con grillos y esposas, metidos en unos zurrones, de estos en que se trae la yerba del Paraguay, y arrastrados a la cola de un caballo aparejado. Acompañados de los sacerdotes que los auxiliaban, y custodiados de la correspondiente guardia, llegaron al pie de la horca, y se les dieron por medio de dos verdugos, las siguientes muertes:
«A Verdejo, Castelo, al zambo y a Bastidas se les ahorcó llanamente. A Francisco Túpac Amaru, tío del insurgente, y a su hijo Hipólito, se les cortó la lengua antes de arrojarlos de la escalera de la horca. A la india Condemaita se le dio garrote en un tabladillo con un torno de fierro... habiendo el indio y su mujer visto con sus ojos ejecutar estos suplicios hasta en su hijo Hipólito, que fue el último que subió a la horca. Luego subió la india Micaela al tablado, donde asimismo en presencia del marido se le cortó la lengua y se le dio garrote, en que padeció infinito, porque, teniendo el pescuezo muy delgado, no podía el torno ahogarla, y fue menester que los verdugos, echándole lazos al cuello, tirando de una a otra parte, y dándole patadas en el estómago y pechos, la acabasen de matar.
«Cerró la función el rebelde José Gabriel, a quien se le sacó a media plaza: allí le cortó la lengua el verdugo, y despojado de los grillos y esposas, lo pusieron en el suelo. Le ataron las manos y pies a cuatro lazos, y asidos éstos a las cinchas de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que jamás se ha visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos no fuesen muy fuertes, o porque el indio en realidad fuese de hierro, no pudieron absolutamente dividirlo después que por un largo rato lo estuvieron tironeando, de modo que lo tenían en el aire en un estado que parecía una araña. Tanto que el Visitador, para que no padeciese más aquel infeliz, despachó de la Compañía una orden mandando le cortase el verdugo la cabeza, como se ejecutó. Después se condujo el cuerpo debajo de la horca, donde se le sacaron los brazos y pies. Esto mismo se ejecutó con las mujeres, y a los demás les sacaron las cabezas para dirigirlas a diversos pueblos. Los cuerpos del indio y su mujer se llevaron a Picchu, donde estaba formada una hoguera, en la que fueron arrojados y reducidos a cenizas que se arrojaron al aire y al riachuelo que allí corre. De este modo acabaron con José Gabriel Túpac Amaru y Micaela Bastidas, cuya soberbia y arrogancia llegó a tanto que se nominaron reyes del Perú, Quito, Tucumán y otras partes...
«Este día concurrió un crecido número de gente, pero nadie gritó ni levantó la voz. Muchos hicieron reparo, yo entre ellos, de que entre tanto concurso no se veían indios, a lo menos en el traje que ellos usan, y si hubo alguno, estarían disfrazados con capas o ponchos. [..] Habiendo hecho un tiempo muy seco y días muy serenos, aquel día amaneció entoldado, que no se le vio la cara al Sol, amenazando por todas partes a llover. Ya la hora de las 12, en que estaban los caballos estirando al indio, se levantó un fuerte refregón de viento y tras éste un aguacero que hizo que toda la gente, aun las guardias, se retirasen a toda prisa. Esto ha sido causa de que los indios se hayan puesto a decir que el cielo y los elementos sintieron la muerte del Inca, que los inhumanos e impíos españoles estaban matando con tanta crueldad.»
Ese día la naturaleza mostró ser más piadosa que los hombres.

MANUEL RODRÍGUEZ ERDOYZA: EL MÍTICO GUERRILLERO

CHILE

Nació en Santiago el 25 de febrero de 1785 y murió asesinado en 1818. Sus padres fueron María Loreto de Erdoyza y Aguirre, peruana, y Carlos Rodríguez de Herrera, español.
Realizó sus primeros estudios en el Colegio de San Carlos, donde de inmediato se destacó por su carácter vivaz e inquieto y por sus aptitudes intelectuales. El rector de aquel establecimiento relataba que "era filósofo y en cada función literaria que sostenía, así como en las conferencias privadas del colegio... fue siempre consiguiente su acierto, lo que confirmaba muy bien la juiciosidad, aplicación y celo con que se manejó en las obligaciones particulares a su instituto...".
Siguió estudios superiores en la Real Universidad de San Felipe, recibiendo su doctorado en Leyes en 1804, el mismo año en que fue recibido como abogado por la Real Audiencia.
En 1810, empezó a manifestar sus simpatías hacia la causa revolucionaria en la cual desde 1811 coincidiría con su compañero de colegio, José Miguel Carrera. En mayo de ese año, Rodríguez fue nombrado procurador del Cabildo de Santiago, cargo que desempeñaría por breve tiempo: el golpe de Estado de noviembre lo llevó a la diputación por Santiago ante el Congreso y a los pocos días fue nombrado secretario de Estado en la cartera de Guerra.
Papel crucial
En 1813, fue nombrado secretario particular por su amigo José Miguel Carrera. Una sombra de duda se posó sobre esta amistad en enero de ese mismo año, cuando Rodríguez fue acusado de participar en una conjura contra el caudillo militar, pero en 1814 volvió a ocupar igual cargo.
Tras la Batalla de Rancagua, debió emigrar a Mendoza, desde donde inició una serie de actividades de espionaje y correrías que lo transformarían en uno de los personajes míticos de nuestra historia.
En un plano objetivo, las funciones que Rodríguez desarrolló en Chile consistían fundamentalmente en el traspaso de información acerca del estado de las tropas realistas. Asimismo, su misión era realizar acciones de distracción que indicaran que el grueso del Ejército de Los Andes cruzaría la cordillera por el paso del Planchón, provocando así una desconcentración de aquellas tropas, que en su mayoría se encontraban acuarteladas en la Zona Central.
Audaz protagonista
Muchas son las peripecias que la sabiduría popular ha convertido en verdaderas leyendas que lo tienen como protagonista. Se cuenta que, perseguido por tropas realistas, se refugió en el convento de Apoquindo de los frailes dominicos, y que disfrazado de monje, condujo a sus perseguidores por todas las dependencias del recinto.
También, se sostiene que en una oportunidad, fingiendo ser un pordiosero, llegó a abrir la puerta del carruaje que conducía al Gobernador Marcó del Pont, quien en agradecimiento por aquel gesto habría llegado a darle una propina.
En otro hecho, encontrándose en una zona rural, habría simulado ser un campesino castigado en el cepo por su embriaguez para despistar a quienes lo perseguían.
En enero de 1817, estando ya próximo el arribo del ejército comandado por San Martín, asaltó el poblado de Melipilla y luego se dirigió a repetir esta operación en San Fernando.
Un problema para O'Higgins
Todos estos hechos lo fueron transformando en una suerte de héroe popular que, dados sus antecedentes carrerinos, podría llegar a ser un elemento difícil de manejar para el nuevo gobierno encabezado por Bernardo O'Higgins. Según algunos autores, por esta razón se le ofreció una misión diplomática en Estados Unidos, pero la rechazó, uniéndose entonces al ejército con el grado de teniente coronel.
Rodríguez siempre tuvo un carácter apasionado y esto le acarreó algunos problemas. En 1817, ocupó San Fernando y cambió a las autoridades locales, hecho que no fue aceptado por el gobierno. Hilarión de la Quintana, Director Supremo interino en ausencia de O'Higgins, ordenó su detención acusándolo de preparar una conspiración en favor de José Miguel Carrera. Tras algunos meses en prisión, fue liberado por orden del general San Martín, quien lo nombró auditor de guerra del Ejército.
"¡Aún tenemos patria, ciudadanos!"
Rodríguez se encontraba en Santiago cuando a la capital llegó la noticia del Desastre de Cancha Rayada (1818). Alentó a todo el mundo con el grito de "¡Aún tenemos patria, ciudadanos!" y organizó un nuevo escuadrón militar, los Húsares de la Muerte. Durante 48 horas ejerció como interino, y por designación popular, el cargo de Director Supremo, gesto que se consideró peligroso para el gobernante titular.
Una vez que retornó la tranquilidad tras la Batalla de Maipú (5 de abril de 1818), se ordenó la disolución de los Húsares de la Muerte y Rodríguez fue detenido en el cuartel de San Pablo, de donde fue sacado el 25 de mayo de 1818. Se dijo que era para ser trasladado a Valparaíso y que allí se formalizaría su deportación. Sin embargo, al llegar a las cercanías de Til-Til, fue asesinado y su cuerpo enterrado en la capilla de esa localidad. Los custodios alegaron que había tratado de escapar.

SIMON BOLIVAR (1783 - 1830) VENEZUELA

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco nació en Caracas en 24 de julio de 1783 de don Juan Vicente Bolívar y Ponte y doña María de la Concepción Palacios y Blanco. Nacido un aristócrata, Simón Bolívar recibió una excelente educación de sus tutores, especialmente Simón Rodríguez. Gracias a sus tutores, Bolívar conoció las obras del movimiento filosófico del siglo XVIII y también las de Grecia y Roma clásica.
A la edad de nueve años el joven Bolívar perdió sus padres y quedo en cargo de su tío don Carlos Palacios. A la edad de quince, don Carlos Palacios lo mandó a España para continuar con su educación.
Bolívar viajó hacia España en 1799 con su amigo Esteban Escobar. Al hacer este viaje, se detuvo en la Ciudad de México donde se encontró con el virrey de Nueva España quien quedó alarmado cuando el joven Bolívar discutió con confianza acerca de la independencia americana. Llegó a Madrid en junio de ese año y quedándose con su tío Estaban Palacios.
En España, Bolívar conoció a María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza con quien se casó poco después en 1802. Poco después de volver a Venezuela, en 1803, María Teresa murió de fiebre amarilla. Su muerte afectó grandemente a Bolívar quien juró nunca casarse de nuevo. Promesa que mantuvo el resto de su vida.
Después de perder su esposa, Bolívar regresó a España con su tutor y amigo, Simón Rodríguez, en 1804. Mientras en Europa presenció la proclamación de Napoleón Bonaparte como Emperador Francés y después asistió a la coronación de Napoleón como Rey de Italia en Milán. Bolívar perdió respeto por Napoleón, a quien él consideró un traidor a las ideas republicanas. Pero era en Italia que Bolívar hizo su famoso juramento sobre el Monte Sacro de Roma de no descansar hasta que América sea libre.
Bolívar regresó a Venezuela en 1807 después de una breve visita a los Estados Unidos. En 1808 Napoleón instaló a su hermano, José, como Rey de España. Esto instigó una gran revolución popular en España conocida como la Guerra Peninsular. En América, como en España, juntas regionales se formaron para luchar contra el nuevo rey. A diferencia de las juntas españolas, las juntas americanas lucharon contra el poder del rey, no solo la persona de José Bonaparte. Ese año, la junta de Caracas declaró su independencia de España y Bolívar fue enviado a Inglaterra con Andrés Bello y Luis López Méndez en una misión diplomática. Bolívar regresó a Venezuela y el 3 de junio de 1811, dio su discurso en favor de la independencia americana a la Sociedad Patriótica. El 13 de agosto, fuerzas patriotas bajo el comando de Francisco de Miranda lograron una victoria en Valencia. El 24 de julio de 1812 Miranda se rindió después de varios desastres militares y Bolívar pronto tuvo que huir a Cartagena. Allí, Bolívar escribió su famoso "Manifiesto de Cartagena" en el cual manifestó que Nueva Granada debería ayudar a liberar Venezuela porque su causa era la misma y porque la libertad de Venezuela aseguraría la libertad de Nueva Granada. Bolívar recibió la asistencia de Nueva Granada y en 1813 invadió Venezuela. Entró a Mérida el 23 de mayo y fue proclamado "Libertador" por el pueblo. El 8 de junio Bolívar proclamó la "guerra a muerte" en favor de la libertad. Bolívar tomó Caracas el 6 de agosto y dos idas después proclamó la segunda república venezolana. Después de numerosas batallas, Bolívar tuvo que huir nuevamente y en 1815 tomó refugio en Jamaica de donde escribió su "Carta de Jamaica". Ese mismo año Bolívar viajó a Haití y solicitó a su presidente, Alejandro Sabes Petión, ayudar a la causa hispanoamericana. En 1817, con ayuda de Haití, Bolívar regreso al continente para continuar luchando. La Batalla de Boyacá el 7 de agosto de 1819 resultó en una gran victoria para Bolívar y el ejército de la revolución. Ese año, Bolívar creó el Congreso de Angostura que fundó Gran Colombia (una federación de las presentes repúblicas de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador) la cual nombró a Bolívar presidente. Durante los próximos años la oposición realista fue eliminada. Después de la victoria de Antonio José de Sucre sobre las fuerzas españolas en la Batalla de Pichincha el 23 de mayo de 1822 el norte de Sudamérica fue liberada. Con esa gran victoria Bolívar preparó para marchar con su ejército para cruzar los Andes y liberar Perú.
El 26 de julio de 1822 Bolívar tuvo una conferencia con José de San Martín en Guayaquil para discutir la estrategia para la liberación de Perú. Nadie sabe que ocurrió en la secreta reunión entre los dos héroes latinoamericanos, pero San Martín volvió a Argentina mientras Bolívar preparó para la lucha contra el último bastión español en Sudamérica. En 1823 Bolívar tomó comando de la invasión de Perú y en septiembre llegó en Lima con Sucre para planear el ataque. El 6 de agosto de 1824 Bolívar y Sucre juntos derrotaron el ejército español en la Batalla de Junín. El 9 de diciembre Sucre destrozó el último valuarte del ejército español en la Batalla de Ayacucho, eliminando la presencia española en Sudamérica. El 6 de agosto de 1825 Sucre creó el Congreso del Alto Perú cual creó la República de Bolivia en honor de Bolívar. La Constitución de 1826, aunque nunca usada, fue escrita por Bolívar mismo. También en 1826 Bolívar creó el Congreso de Panamá, la primera conferencia hemisférica. Pero en 1827 debido a rivalidades personales entre los generales de la revolución, explotaron guerras civiles que destrozaron la unión sudamericana por cual Bolívar había luchado. Acorralado por guerras fraccionales y sufriendo de tuberculosis, El Libertador Simón Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830

miércoles, 5 de agosto de 2009

LA GUERRA DEL PARAGUAY

PRIMERA PARTE - Por Felipe Pigna

MANUEL "EL LOCO" DORREGO

EN POCAS PALABRAS...

"Finalmente, a juicio del que habla, no solo en conformidad de la provincia a quien representa, sino de todos, el sistema federal es el único adoptable en esta circunstancia, porque es aquel que una inmensa mayoría designa y es el que pide… El sistema federal puede hacer nuestra felicidad, tanto más cuando es un sistema más análogo a los sentimientos de todos, porque esta más en contacto con el pueblo”

Dorrego se despide del Gobernado de Santa Fe
Señor Gobernador de Santa Fe don Estanislao López.Mi apreciable amigo: en este momento me intiman a morir dentro de una hora. Ignoro la causa de mi muerte; pero de todos modos perdono a mis perseguidores.Cese usted por mi parte todo preparativo, y que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre. Soy su afectuosísimo amigo.Manuel Dorrego

El 13 de Diciembre de 1828, el Coronel Manuel Dorrego, Gobernador de Buenos Aires,escribía desde Navarro estas líneas a su esposa, antes de ser fusilado
Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; más la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí.Mi vida, educa a esas amables criaturas, se feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado.

FRANSISCO SOLANO LÓPEZ

El Mariscal nació el 24 de julio de 1826 en Manorá, Asunción. Fue el primero de los cinco hijos legítimos de Don Carlos Antonio López y doña Juana Carrillo. Sus hermanos fueron Inocencia, casada luego con el General Vicente Barrios; Venancio; Rafaela, quien contrajo matrimonio con don Augusto Acevedo Pedra; y Benigno. Su padrino fue don Lázaro Rojas Aranda. Realizó sus primeros estudios con el maestro argentino Juan Pedro Escalada y, más tarde, con el jesuita Bernardo Parés. Tenía quince años cuando su padre accedió a la vida pública tras el fallecimiento de José Gaspar de Francia. Leía mucho, aprendió a hablar correctamente el francés y algo de inglés aún antes de su viaje a Europa.Ingresó muy joven al ejército, que en esa época era muy precario, siendo precisamente obra suya la optimización y profesionalización del mismo. En 1845, era ya coronel y al año siguiente fue nombrado comandante del cuerpo expedicionario cuando la Alianza suscrita por el Paraguay con la provincia de Corrientes por el tratado del 2l de noviembre de 1845, determinó la ayuda militar. Dice Arturo Bray: “En 1846 estaban ya frente a frente y en son de guerra, las provincias de Corrientes y Entre Ríos; esto es, Madariaga, gobernador de la primera, y el general Urquiza, por aquel entonces hombre de Rosas”. Formó un ejército de 4200 hombres que debía ponerse bajo las órdenes del general Paz en Villa del Pilar. Allí conoció a Juanita Pesoa, de quien tendría tres hijos naturales. Antes de la partida, el ejército realizó el primer juramento a la bandera paraguaya, creada por ley del 25 de noviembre de 1842. El cuerpo expedicionario regresó a Paraguay, en 1846, sin haber entrado en combate. En el año 1849, fue comandante de la división paraguaya que reocupó las Misiones al sur del Paraná y, posteriormente, fue nombrado jefe del ejército nacional, con asiento en Pilar.En 1853, con el cargo de brigadier general partió en misión especial a Europa. El objetivo era establecer relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, Francia, Prusia y Cerdeña, pero también el objetivo era adquirir barcos y armamentos. En París, conoció a la irlandesa Elisa Alicia Lynch, quien sería su compañera y la madre de sus hijos. Durante su misión, firmó un contrato de colonización para establecer una colonia Nueva Burdeos, en el actual asiento de Villa Hayes y adquirió el buque “Tacuarí” y armamentos en Inglaterra. Regresó a fines de 1854. En 1856, fue destacado para viajar a Río de Janeiro con el fin de establecer un tratado con el canciller Paranhos sobre navegación de los ríos. A causa de una enfermedad fue reemplazado por José Berges. Fue nombrado Ministro de Guerra ese mismo año. En 1858, actuó como plenipotenciario especial para efectivizar el tratado con Paranhos, en Asunción.El 27 de setiembre de 1859, partió de Asunción a bordo del “Tacuarí”, acompañado por un séquito formado por el mayor José María Aguiar, el capitán Rómulo Yegros y los alféreces José Díaz y Pedro Duarte con la misión de mediar en el conflicto entre los gobiernos de Paraná y Buenos Aires. El acuerdo firmado el 11 de noviembre y que se conoce como el Pacto de San José de Flores establecía que Buenos Aires se declara integrante de la Confederación Argentina siendo la República del Paraguay el garante del cumplimiento del convenio solicitado tanto por el Excelentísimo Presidente de la Confederación Argentina como por el Excelentísimo Gobierno de Buenos Aires. López recibió altos honores y el titulo de “pacificador”, de parte de los generales Mitre y Urquiza, entre otras personalidades argentinas. De regreso al país se abocó a organizar un moderno ejército disciplinado, visitando constantemente la fortaleza de Humaitá (cuyas ruinas siguen hoy), recién construida. A mediados de 1862, fue designado sucesor de su padre en el gobierno en caso de acefalía, hasta tanto se reuniera un Congreso para elegir un nuevo mandatario. El 10 de setiembre, muere Don Carlos Antonio López. Francisco Solano, Ministro de Guerra, asume provisoriamente. El 16 de octubre de 1862, el Congreso lo eligió presidente por un periodo de 10 años.Durante los primeros 3 años, su gobierno se caracteriza por una intensa actividad en la administración pública, se prolongó el ferrocarril (el primero de Sudamérica) hasta Pirayú, se inició la construcción del Palacio de Gobierno, del Oratorio de la Virgen de Asunción y del Teatro Nacional. Se fundaron nuevas escuelas y se otorgaron becas a jóvenes estudiantes para Europa. Creó un nuevo campamento en Cerro León, en el que reunió a cinco mil soldados. El Brasil estaba interviniendo abiertamente en la política interna del Uruguay apoyando al general Flores y a su partido colorado. Ante un pretendido conflicto en la frontera de Río Grande do Sul, Brasil envió a José A. Saraiva para exigir reparaciones al gobierno uruguayo. Vázquez Sagastume, ministro uruguayo, sin autorización del gobierno (según algunos autores), requirió el 13 de junio de 1863, la mediación del Paraguay en el conflicto entre el Uruguay y el Brasil. El gobierno paraguayo informó a Brasil que aceptaba ejercer la mediación solicitada por el ministro uruguayo. Mientras tanto en Uruguay la mediación estaba a cargo de un tercero, formado por el ministro inglés Thorton, el canciller argentino Elizalde y el representante brasileño Saraiva, que trataba de poner fin a la guerra civil (uruguaya) entre blancos y colorados. Brasil respondió que consideraba innecesaria su mediación y el gobierno uruguayo declaró que no precisaba de los buenos oficios del gobierno paraguayo.Poco después Brasil inició los actos de agresión contra el gobierno blanco del Uruguay, López, confirmó su temor de que Brasil extendiera su imperio primero en Uruguay y luego en Paraguay, ante la no clarificación de los hechos por parte del ministro imperial Sauvan Vianna de Lima. El 30 de agosto, en una nota dirigida a Lima, por el canciller Berges señalaba que el gobierno de la República del Paraguay consideraba cualquier ocupación del territorio oriental por fuerzas imperiales como atentatorio al equilibrio de los Estados del Plata y que esta situación interesaba a la República del Paraguay como garantía de su seguridad, paz y prosperidad. Brasil invadió a Uruguay. El gobierno paraguayo secuestró el buque “Marqués de Olinda”, que el 10 de noviembre de 1864 entraba a la rada de Asunción. El día 12, Berges comunicó al representante brasileño que quedaban rotas las relaciones diplomáticas y prohibida la navegación de los ríos de la República a los brasileños.La campaña de Matto Grosso, fue confiada al general Vicente Barrios y partió el 24 de diciembre de 1864 con 3200 hombres en cinco vapores y tres goletas. El objetivo se cumplió con éxito.Para llegar al estado brasileño de Río Grande do Sul, López, debía necesariamente cruzar por el territorio argentino. Informó entonces a Urquiza advirtiendo que ese cruce necesario no era “una amenaza a las provincias amigas de Entre Ríos y Corrientes, ni al gobierno nacional argentino”. El general Urquiza expresó su apoyo a López, y le aconsejó solicitar oficialmente el tránsito al gobierno de Buenos Aires. El 14 de enero de 1865, Berges solicitó al canciller Elizalde que “los ejércitos de la República del Paraguay puedan transitar el territorio argentino de la provincia de Corrientes en el caso de que a ello fuesen obligados por las operaciones de la guerra...”.El Congreso extraordinario del 5 de marzo nombró a López, Mariscal de los Ejércitos de la República, creó la Orden Nacional del Mérito, autorizó la contratación de un préstamo y el 17 de ese mes, ante la noticia que la Argentina había permitido la subida del río Paraná a la escuadra brasileña del almirante Tamandaré que venia a bloquear Tres Bocas, autorizó la declaración de guerra al gobierno argentino.Una columna paraguaya al mando del general Robles atacó y ocupó la ciudad de Corrientes avanzando hacia el sur. El 1° de mayo de 1865 el canciller argentino Elizalde, el representante brasileño Octaviano y el uruguayo Carlos de Castro firmaron el tratado secreto de la Triple Alianza. Salió de Encarnación otro ejército a las órdenes del teniente coronel Antonio de la Cruz Estigarribia. El Mariscal López trasladó su Cuartel General a Humaitá. A fines de junio, el general Robles fue sometido a proceso y fusilado por indisciplina. Lo reemplazó el general Resquín. La división del teniente coronel Estigarribia se había apoderado de Uruguayana y su segundo Duarte ocupado Paso de los Libres. El 17 de agosto, el destacamento Duarte fue casi exterminado en la batalla de Yatay. Los aliados se concentraron luego sobre Uruguayana y el 19 de setiembre, Estigarribia se rindió.Se evacuó el territorio de Corrientes y se establecieron en Paso de Patria. Se inicia la segunda etapa de la guerra, cuyas campañas más destacadas son las de Humaitá, Pikysyry y Las Cordilleras. La victoria de Curupayty frena la ofensiva aliada. El ejército paraguayo pelea en Corrales, Estero Bellaco, Tuyuty, Yatayty-Corá, Boquerón y Sauce. Cae Humaitá y López traslada su Cuartel General a San Fernando al norte del río Tebicuary. Una serie de informes llegados de Asunción, hacen que el gobierno acuse de conspiración y connivencia con el enemigo a figuras principales y se crean los tribunales que sentencian como culpables a los hermanos del Mariscal, Venancio y Benigno, sus dos cuñados Saturnino Bedoya y el General Barrios, al Canciller Berges, al Obispo Palacios y a centenares de hombres y mujeres. Es señalado como cabeza de la conspiración el ministro norteamericano Washburn junto con los cónsules de Francia, Italia y Portugal. De junio a diciembre de 1869 fueron fusiladas casi 400 personas. Después vendrán heroicas batallas. El 14 de febrero de 1870, el ejército se retira hasta Cerro Corá. Una columna brasileña despachada desde Concepción al mando del general Correa da Cámara se enfrenta el primero de marzo con el ejército de 200 hombres del Mariscal López. Fue herido de un lanzazo en el bajo vientre y de un sablazo en la frente. Auxiliado llega a orillas del río Aquidabán, y donde es alcanzado por el General Correa da Cámara, quien le intima a que se rinda. El Mariscal López se batió sable en mano hasta el final. Su última frase sigue siendo hasta la fecha una materia de controversia. Algunos historiadores señalan que dijo: “¡Muero por la Patria!” y otros: “¡Muero con la Patria!”. Negándose a entregar su espada fue herido por otro soldado que lo ultimó de un tiro al corazón.Fuente: Eligio Fariña. Patria Grande, Asunción, Paraguay.

Bodas entre cadáveres, una oscura tradición china

En ese país oriental consideran que todos deben casarse. Por eso muchos intentan unir solteros... aunque ya no tengan vida

La detención de cuatro chinos en estado ebrio pillados "in fraganti" con el cadáver desenterrado de una joven en el maletero del auto en el que viajaban arrojó luz recientemente sobre la dificultad para cumplir con la macabra tradición del "Minghun", las bodas entre cadáveres de solteros.
"Creo que la creencia más importante detrás de esta práctica es que todo el mundo debe casarse", señaló a Efe Yao Ping, antropóloga e historiadora, autora de libros sobre tradiciones y mujeres en la China imperial.

lunes, 3 de agosto de 2009

Descubren que los gorilas pueden transmitir el sida a los humanos

Un grupo de científicos descubrió una nueva variante del virus del sida en humanos que mantiene una estrecha relación con el virus que genera esta misma enfermedad en gorilas



El hallazgo se dio al estudiar el caso de una mujer de Camerún infectada


IMPORTANTE: El estudio no especifica que tipo de gorilas. Por esta causa, a cuidarse mucho con quién uno se relaciona.








domingo, 2 de agosto de 2009

JOSÉ DE SAN MARTÍN

En pocas palabras...
a
El que se ahoga no repara en lo que se agarra.

De lo que mis granaderos son capaces, solo lo sé yo, quien los iguale habrá quien los exceda no.

El hombre bajo todo gobierno sera el mismo, con las mismas pasiones y debilidades.

La biblioteca destinada a la educación universal, es más poderosa que nuestros ejércitos.

Los soldados de la patria no conocen el lujo, sino la gloria.

Mi mejor amigo es el que enmienda mis errores o reprueba mis desaciertos.

Mi sable nunca saldrá de la vaina por opiniones políticas.

No esperemos recompensas de nuestras fatigas y desvelos.

Para los hombres de coraje se han hecho las empresas.

Serás lo que debas ser, si no no serás nada.


Si hay victoria en vencer al enemigo; la hay mayor cuando el hombre se vence a si mismo.

Si somos libres, todo nos sobra.

CAUDILLOS

ARTIGAS
X ENCUENTRO







QUINTA PARTE

MANUEL BELGRANO

En pocas palabras...
a
a
A quien procede con honradez, nada debe alterarle. He hecho cuanto he podido y jamás he faltado a mi palabra.

Bien puede pesarle a todos los demonios, pero en mí no tendrán jamás cabida.


Desde la más remota antigüedad hasta nuestros días, la historia de los siglos y de los tiempos nos enseña cuánto aprecio han merecido todos aquéllos que han puesto el cimiento a alguna obra benéfica a la humanidad.

Deseo ardorosamente el mejoramiento de los pueblos. El bien público está en todos los instantes ante mi vida.

Deseo que todos sepan el bien para alegrarse, y el mal para remediarlo, si aman a su patria; así que nada oculto ni ocultaré jamás.

El honor y el premio son los resortes para que no se adormezca el espíritu del hombre.

El miedo sólo sirve para perderlo todo.

El modo de contener los delitos y fomentar las virtudes es castigar al delincuente y proteger al inocente.

En mis principios no entra causar males sino cortarlos.

En vano los hombres se empeñan en arrastrar a su opinión a los demás, cuando ella no está cimentada en la razón.

Era preciso corresponder a la confianza del pueblo, y me contraje al desempeño de esta obligación, asegurando, como aseguro, a la faz del universo, que todas mis ideas cambiaron, y ni una sola concedía a un objeto particular, por más que me interesase el bien público estaba a todos instantes ante mi vista.

Esta paz tan estimable se compra al duro precio de la sangre y de la muerte.

CAUDILLOS

ARTIGAS

x ENCUENTRO






CUARTA PARTE

sábado, 1 de agosto de 2009

JOSÉ GERVASIO ARTIGAS

Autor: Felipe Pigna

Artigas nació en Montevideo el 19 de junio de 1764. Fueron sus padres Don Martín José Artigas y Doña Francisca Antonia Arnal. Su abuelo paterno, Juan Antonio, figuró entre los primeros pobladores de Montevideo. Después estudiar en el colegio franciscano de San Bernardino, se dedicó a las tareas rurales en las estancias de su padre. Años más tarde comenzó a ganarse la vida comprando cueros en la campaña para venderlos a los exportadores de Montevideo. En 1791 nació su primer hijo, Manuel, fruto de su unión con Isabel Sánchez. Primeras armas
En 1797 ingresó como soldado de caballería en el regimiento de Blandengues, creado para combatir el robo de ganado y el contrabando en la Banda Oriental y proteger la frontera con el Brasil. En 1805, siendo ya Oficial del Cuerpo debió retirarse del ejército por razones de salud y se casó con su prima Rafaela Villagrán. Con ella tendrá tres hijos: José María, Francisca y Petronila. Pero lamentablemente, las dos niñas morirán a los pocos meses de su nacimiento, lo que deprimió tanto a Rafaela que terminó por enloquecerla. Artigas debió retornar al servicio activo y en 1806, durante las invasiones inglesas participó en la reconquista de Buenos Aires y en la defensa de Montevideo a las órdenes de Liniers.
Comienza la rebelión
En febrero de 1811, el Gobernador español de Montevideo, Javier de Elío, nombrado ahora Virrey del Río de la Plata, le declaró la guerra a la Junta revolucionaria creada en Buenos Aires en Mayo de 1810. El entonces capitán Artigas desertó de la guarnición de Colonia y se puso a disposición del gobierno porteño, que le dio el grado de Teniente Coronel, 150 hombres y 200 pesos para iniciar el levantamiento de la Banda Oriental contra el poder español. El 28 de febrero de 1811, dos campesinos, Pedro José Viera y Venancio Benavídez con el apoyo del sublevado camandante militar de la región, Ramón Fernández, daban en Asencio (Soriano) el grito de libertad del pueblo oriental y se disponían a luchar junto a Artigas.

Del triunfo a la decepción
Artigas fue reclutando un verdadero ejército popular formado por los gauchos orientales, empobrecidos por la administración de Elío. Repartió entre sus paisanos las tierras y los ganados que les iba tomando a los españoles. Con estas fuerzas, el 18 de mayo de 1811 derrotó a los realistas en el combate de Las Piedras y, puso sitio a Montevideo hasta que, sorpresivamente y sin consultarlo, el Primer Triunvirato firmó el 20 de octubre un armisticio con Elío por el cual se comprometía a retirar las tropas patriotas.
El éxodo del pueblo oriental
Disgustado con este desenlace, seguido por sus milicianos y la mayoría de la población oriental Artigas se retiró hacia Entre Ríos para reorganizar la lucha. De todos lados llegaban familias huyendo de la persecución española a colocarse bajo su protección y a ofrecerse para luchar contra los españoles y los portugueses, que habían comenzado a penetrar desde el norte de la Banda Oriental por pedido de Elío. Mil carretas y unas 16 mil personas, hombres, mujeres y niños, con sus pocos ganados y pertenencias, cruzaron el río Uruguay y se instalaron en Ayui, cerca de la actual Concordia (Entre Ríos) preparados para continuar la lucha. Era el famoso éxodo del pueblo oriental. Pero el Primer Triunvirato envió a Manuel de Sarratea para reemplazar a Artigas en el mando de las tropas orientales. Sólo cuando a fines de 1812, tras la caída del Primer Triunvirato, Sarratea fue reemplazado por Rondeau, y se le devolvió su mando a Artigas, los orientales aceptaron unirse a las tropas porteñas para sitiar Montevideo.

Instrucciones revolucionarias
Al inaugurarse la Asamblea del Año XIII, la Banda Oriental eligió sus representantes en un Congreso y, por inspiración de Artigas, les dio precisas instrucciones de contenido federalista y revolucionario: inmediata declaración de Independencia, constitución republicana, libertad civil y religiosa, igualdad de todos los ciudadanos, gobierno central con respeto a las autonomías provinciales y el establecimiento de la capital fuera de Buenos Aires.
Argumentando pretextos formales, la Asamblea rechazó los diplomas de los diputados orientales. Rondeau convocó otro Congreso para elegir nuevos diputados y Artigas rompíó entonces abiertamente con Buenos Aires. El Director Supremo Gervasio Posadas lo declaró "traidor" y puso precio de 6.000 pesos a su cabeza.

¿Por qué rechazaron a los diputados de Artigas?
Los La Asamblea del Año XIII, presidida por Carlos María de Alvear, temía que la incorporación de los artiguistas produjera una virtual alianza entre el caudillo oriental y San Martín para apurar una declaración de independencia, que el grupo alvearista, en consonancia con los intereses de Gran Bretaña, ahora aliada de España, pretendía retrasar lo más posible.
La clase alta porteña temía que la influencia del caudillo oriental y su enorme popularidad se extendieran al resto de las provincias. Veía en la acción de Artigas un peligroso ejemplo que propugnaba un serio cambio social. El reparto de tierras y ganado entre los sectores desposeídos concretado por Artigas en la Banda Oriental, bien podía trasladarse a la otra margen del plata y poner en juego la base de su poder económico.
El precursor del federalismo en el Río de la Plata
José Artigas fue el primero en plantear claramente en el Río de la Plata las ideas del federalismo. Así se lo contó el mismo al General Paz: "Tomando por modelo a los Estados Unidos yo quería la autonomía de las Provincias, dándole a cada Estado un gobierno propio, su Constitución, su bandera y el derecho de elegir sus representantes, sus jueces y sus gobernadores entre los ciudadanos naturales de cada Estado. Esto es lo que yo había pretendido para mi Provincia y para las que me habían proclamado su Protector. Hacerlo así habría sido darle a cedo uno lo suyo."
José María Paz, Memorias, Buenos Aires, CEAL, 1982

La Liga de los Pueblos Libres
Para 1814, la popularidad de Artigas se había extendido a varias de las actuales provincias argentinas, afectadas, al igual que la Banda Oriental por la política de libre comercio y puerto único, promovida por Buenos Aires que arruinaba a los artesanos y campesinos del Interior. Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba se unen a los orientales, formando la Liga de los Pueblos Libres. Como Protector de la Liga, Artigas luchó junto con los jefes litoraleños contra el centralismo del Directorio. La liga formó una especie de mercado común regional en el que se protegía a los productores nacionales y se fomentaba la agricultura a través del reparto de tierras, animales y semillas. No pagaban impuestos las máquinas, los libros y las medicinas y derivaba el comercio del Litoral al puerto de Montevideo.

El Congreso de los Pueblos Libres
En 1815 Artigas recuperó Montevideo, ocupada hasta entonces por las tropas porteñas y convocó en Concepción del Uruguay el 29 de Junio de 1815 al Congreso de los Pueblos Libres. Allí estaban los diputados por la Banda Oriental, Corrientes, Santa Fe, Córdoba, Entre Ríos y Misiones. Sus primeros actos fueron jurar la independencia de España, izar la bandera tricolor (igual a la de Belgrano pero atravesada por una franja roja, símbolo del federalismo) y resolvieron no concurrir al Congreso de Tucumán convocado por el Directorio, en protesta por la actitud del gobierno porteño de fomentar la invasión portuguesa de la Banda Oriental para terminar con Artigas.
Mientras se reunía el Congreso de Tucumán, Artigas y su gente defienden el territorio contra una nueva Invasión de los portugueses, que tomaron Montevideo en 1817.

El principio del fin
A fines de 1819 la Liga estaba entre dos fuegos, por un lado los directoriales y por el otro los portugueses. Artigas concibió un plan militar. Él atacaría el campamento portugués en Río Grande mientras que las fuerzas de Entre Ríos y Santa Fe atacarían Buenos Aires. Pero mientras el caudillo de Santa Fe, Estanislao López y su compañero de Entre Ríos, Francisco Ramírez, invadían exitosamente Buenos Aires y triunfaba en Cepeda , Artigas era derrotado por los portugueses en Tacuarembó.
Aprovechando esta situación de debilidad de su antiguo jefe, los caudillos firmaron a espaldas de Artigas el Tratado del Pilar, abandonando a su suerte al caudillo oriental. Ante la traición, Artigas decidió unir sus escasas fuerzas con las de Corrientes y Misiones. Entró en Entre Ríos dispuesto a someter a Ramírez, pero fue derrotado definitivamente en Las Huachas y debió marchar hacia el exilio en el Paraguay.
El padre de los pobres
En el Paraguay vive humildemente, bajo la protección de los sucesivos gobernantes paraguayos, Gaspar Rodríguez de Francia y Carlos Antonio López. Vive en una modesta chacra rodeado de indios y campesinos que lo llamen en guaraní Caraí Marangatú (Padre de los pobres) Después de tres décadas de exilio paraguayo, Artigas murió, a los 86 años, el 23 de setiembre de 1850. Sus restos fueron repatriados al Uruguay en 1855.

Artigas según Artigas
"Yo no hice otra cose que responder con la guerra a los manejos tenebrosos del Directorio me hacía por considerarme enemigo del centralismo, el cual sólo distaba un paso del realismo (la monarquía). Pero los Pueyrredones y sus acólitos querían hacer de Buenos Aires una nueva Roma imperial, mandando sus procónsules a gobernar a las provincias militarmente y despojarlas de toda representación política, como lo hicieron rechazando los diputados al Congreso que los pueblos de la Banda Oriental habían nombrado y poniendo precio a mi cabeza."

El éxodo
"Cada día veo con más admiración sus rasgos singulares de heroicidad y constancia. Unos quemando sus casas y los muebles que no pueden conducir; otros caminando leguas y leguas a pie por falta de auxilios o por haber consumido sus cabalgaduras en el servicio. Mujeres ancianas, viejos decrépitos, párvulos inocentes, acompañan esta marcha manifestando todos la mayor energía y resignación en medio de todas las privaciones. Yo llegaré muy en breve a mi destino con este pueblo de héroes, y al frente de seis mil de ellos que obran como soldados de la patria trabajaré gustoso en propender a la realización de sus grandes votos".
"Aquí, donde el río se enoja y se revuelve en hervores y remolinos, sobre la meseta purpúrea rodeada de fosas y cañones, gobierna el general Artigas. Estos mil fogones de criollos pobres, estos ranchos de barro y paja y ventanas de cuero, son la capital de la confederación de pueblos del interior del Río de la Plata. Ante la choza de gobierno, los caballos esperan a los mensajeros que galopan trayendo consultas y llevando decretos. Un luce alamares ni medallas el uniforme del caudillo del Sur"