Poné play - Discurso de Perón 17 de octubre de 1945

viernes, 7 de agosto de 2009

La crisis es financiera, energética, alimentaria y ambiental.

Entrevista a Jorge Beinstein
Por Fernando Krakowiak

Jorge Beinstein es uno de los pocos economistas que en pleno auge del modelo neoliberal caracterizó la globalización como la antesala de una crisis mundial. Afirma que el capitalismo se ha convertido en un sistema que destruye fuerzas productivas. Asegura que es un error trazar divisiones entre empresas productivas y financieras porque ambas están muy vinculadas. Y sentencia que luego de esta crisis no se volverá a la prosperidad pasada.

Jorge Beinstein es uno de los pocos economistas que en pleno auge del modelo neoliberal caracterizaron a la globalización como la antesala de una crisis mundial. Sus pronósticos fueron desestimados por una amplia mayoría de intelectuales conservadores y liberales, que entonces creyeron ver una reconversión superadora del viejo capitalismo keynesiano. Sin embargo, el desprestigio que las recetas neoclásicas experimentaron en América latina desde fines de los ’90 y el reciente colapso del sistema financiero internacional revalorizaron su voz en los círculos académicos. Hace pocos días estuvo en la Feria del Libro presentando su libro Crónica de la decadencia y Cash aprovechó para conversar con él sobre las perspectivas que se abren en el nuevo contexto.


¿Por qué la crisis actual debe ser vista como la expresión de la fase terminal del capitalismo y no como una crisis cíclica más dentro del sistema?
–Primero por su magnitud. Hasta ahora en los planes de salvataje se insertaron 8 billones de dólares cuando los ingresos fiscales de los países del G-7 son iguales a 10 billones. Se calcula que la masa especulativa global en este momento asciende a 1000 billones. Cuando fue la crisis de 1929, el 3 por ciento de los estadounidenses estaba vinculado con la especulación bursátil y en este momento es casi el 60 por ciento. Ahora bien, esta crisis también es diferente en términos cualitativos. No es sólo una crisis financiera sino también una crisis energética, alimentaria y ambiental. Algunos analistas relativizan el supuesto carácter terminal de la crisis diciendo que el capitalismo está en crisis desde que surgió y sin embargo no para de expandirse. –Siempre están los que piensan que el capitalismo llegó para quedarse. Es una utopía conservadora potenciada por un sistema que desde sus orígenes se las ingenió para superar todas las crisis de sobreproducción. El problema es que a partir de los ’70 se empiezan a manifestar elementos de crisis que no son sólo de sobreproducción sino también de subproducción, pese a que en los viejos debates se consideraba que estas crisis habían desaparecido junto con las civilizaciones anteriores al capitalismo.

¿Cómo es posible que al mismo tiempo haya una convergencia entre una crisis de sobreproducción y otra de subproducción?
-Lo que pasa es que la sucesión de crisis de sobreproducción, siempre superadas o al menos amortiguadas, fue generando elementos de depredación energética, ambiental y agrícola que están devorando al capitalismo. Las crisis de sobreproducción nos diferenciaban del precapitalismo porque antes solo se conocían los ciclos más largos, las crisis de civilización, pero resulta que al final no éramos tan originales y también terminamos teniendo crisis de subproducción. El capitalismo se fue convirtiendo en un sistema que destruye fuerzas productivas. En los próximos años va a haber menos energía, menos capacidad de producción industrial y menos alimentos por habitante. La producción de alimentos creció de manera espectacular. –El problema es el sistema social, porque en realidad lo que se está produciendo crecientemente es soja para los chanchos y maíz para elaborar combustible. Ese maíz ya no puede ser considerado un alimento. Es un insumo para la producción. A nivel mundial, la cantidad de alimentos por habitante disminuye. Además, el desarrollo agrícola de avanzada ha llegado a un nivel tal de exacerbación de la productividad que está destruyendo la tierra, el recurso de base para la producción agrícola. Al utilizar glifosato para cosechar soja se logra aumentar la productividad por hectárea, pero en diez años la productividad va a terminar siendo menor a la que se tenía cuando se empezó a utilizar ese insumo. Si el maíz se destina a la producción de biocombustibles va a haber más energía. –Se produce más energía de origen agrícola, pero cuando se calcula la totalidad de la producción energética (tomando en cuenta petróleo, gas, energía nuclear, solar y biocombustibles) y se lo divide por la cantidad de habitantes, se observa que desde fines de los `80 la producción de energía por habitante está empezando a caer. Usted me podría decir que la gente puede vivir mejor consumiendo mucha menos energía, pero eso significa pensar en otro modelo de sociedad. La Agencia Internacional de Energía, que siempre había negado el Peak-Oil, en 2005 distribuyó un borrador titulado “Posibles medidas ante un eventual colapso energético”. Allí proponen prácticamente la eliminación del transporte privado, la descentralización de la industria y la descentralización política y administrativa. Ahora bien, que alguien explique cómo haría para funcionar la sociedad capitalista actual con esas reformas. En la última cumbre del G-20, los líderes mundiales afirmaron que ésta no es una crisis del capitalismo sino una crisis de origen financiero que se revierte con mayor regulación sobre los mercados. –Es un error trazar una división entre el sector financiero y el productivo. Hace un cuarto de siglo, las 200 más grandes corporaciones estadounidenses hacían negocios financieros y los mismos representaban cerca del 10 por ciento de sus beneficios. En la actualidad, esos beneficios están entre el 40 y 45 por ciento. En los últimos treinta años, las empresas productivas llevaron adelante esa reconversión porque hubo una desaceleración de la demanda y los excedentes de capital se fueron destinando al sector financiero. Esa es la economía capitalista realmente existente. Por lo tanto, si se pone fin al negocio financiero, muchas empresas supuestamente pertenecientes al mundo productivo deberán cerrar sus puertas. General Motors está al borde de la quiebra, pero en los últimos años una de las formas que había encontrado para sobrevivir era la multiplicación de negocios financieros. Además, no solo está el problema de las empresas. La sociedad de consumo en Estados Unidos y Europa sólo fue posible con la financiarización de los consumidores, que sirvió para amortiguar la crisis de sobreproducción. Se fue postergando la resolución de los problemas. –Sí, pero las dificultades son cada vez mayores. Ahora están haciendo los salvatajes, pero el problema no es de liquidez sino de solvencia. Aunque la tasa de interés baje a cero la persona que ya está endeudada no va a querer seguir endeudándose para consumir. Lo que quiere es conseguir un trabajo seguro. Se llegó a una situación de sobrecarga de deudas para financiar las compras y también hay un límite en cuanto a la posesión de objetos. El problema de la industria automotriz se explica en parte por la saturación de automóviles que existe en los países ricos.

¿Esta situación se puede revertir?

–No hay cómo hacerlo. Lo que se hizo desde los ’70 hasta ahora fue simplemente amortiguar la crisis. Ahora bien, yo no estoy diciendo que esta situación lleve a un derrumbe inmediato del sistema. Es un proceso de decadencia que se puede amortiguar, pero ya la vieja prosperidad no vuelve.


¿Durante cuánto tiempo se puede amortiguar una crisis?

Si el capitalismo puede amortiguar un desenlace terminal durante cien años es porque ese desenlace dejó de ser terminal. –La degeneración parasitaria del capitalismo empezó hace casi un siglo. La dominación del capital financiero es de fines del siglo XIX. El capitalismo consiguió sobrevivir, pero lo hizo en condiciones cada vez peores. La etapa actual es una exacerbación de la decadencia, pero nadie sabe lo que puede pasar. La crisis propone y la cultura dispone. La ventaja que tiene el sistema actual es que sus principios fundantes, como el individualismo, están muy arraigados en cultura moderna. –Una de las características que han tenido las últimas décadas es que todo el planeta se hizo burgués, más allá de algunos enclaves. La civilización burguesa es una cultura planetaria. La cuestión es hasta qué punto esa cultura es viable. Puede haber una superación, pero también se puede entrar en decadencia. En otros períodos históricos la crisis hizo pensar en la posibilidad de un cambio y hubo rebeliones populares generalizadas, pero ahora predomina la apatía. –La magnitud de la crisis dejó a muchos ciudadanos paralizados. No hay que olvidar que el neoliberalismo provocó una desestructuración social terrible. La falta de reacción puede ser la expresión de una profunda decadencia cultural, pero también puede ser la calma que precede a la tormenta. El analista Zbigniew Brzezinski dejó de lado sus habituales reflexiones sobre política internacional y desde hace algún tiempo viene advirtiendo sobre el peligro de motines sociales en los Estados Unidos. Por ahora no hubo reacciones violentas, pero no se lo debe descartar.

En este contexto, ¿qué margen de acción tiene la gestión pública? ¿Da lo mismo Barack Obama que George Bush?
–La llegada de Obama refleja la crisis de la alternativa más radical del capitalismo, que era Bush. Los grandes partidos no pudieron imponer a sus candidatos tradicionales y terminó ganando un outsider de la política que encima es negro. Ahora bien, eso no significa que Obama implique un cambio de sistema. Está haciendo los mismos salvatajes que Bush y aumentó el gasto militar.

También les dio algunas señales a los sindicatos diciéndoles que ésta es su hora.

–Por ahora son sólo palabras porque los salvatajes son financieros. No hay redistribución del ingreso en los Estados Unidos. Los salvatajes tienen rostro keynesiano, pero están queriendo salvar lo que viene de la era neoliberal. Si quiere llevar adelante un verdadero programa keynesiano tampoco le va a ser fácil. Por ejemplo, si decide prohibir la importación de productos chinos, va a tener un conflicto muy importante con empresas estadounidenses que se radicaron en China para seguir siendo rentables. Con esto no quiero decir que no haya alternativas. Lo que digo es que las verdaderas alternativas no están dentro del sistema capitalista. EL IMPACTO DE LA CRISIS INTERNACIONAL EN LA REGION “Los gobiernos progresistas tendrán que definirse”

¿Qué impacto tendrá la crisis sobre Latinoamérica?

–Latinoamérica en muchos sentidos anticipó la crisis del neoliberalismo. En la región, ese modelo entró en crisis a fines de la década pasada y en los elencos gobernantes se puede ver una suerte de emergencia posneoliberal. A nivel de la economía no tanto porque ese progresismo latinoamericano pudo sostenerse y avanzar por la prosperidad mundial. Fue un antineoliberalismo que se apoyó paradójicamente en la última prosperidad del neoliberalismo que vivieron los países desarrollados. Ahora estos gobiernos progresistas están frente a una disyuntiva terrible. Si siguen como hasta ahora, la situación va a ser insostenible porque el mundo cambió. El auge exportador, que había permitido algunos avances sociales sin tocar mucho el sistema, terminó. En estos momentos, la situación se está poniendo grave porque hay una pelea muy fuerte por el ingreso y muchos de los gobiernos progresistas de la región van a tener que definirse. Van a tener que radicalizarse hacia la izquierda o la derecha se los va a terminar devorando. Hasta ahora expresaron más la crisis del neoliberalismo que la afirmación de un movimiento de transformación.

¿Las medidas que tomó el gobierno de Cristina Kirchner en respuesta a la crisis internacional en qué dirección van?
–Creo que en un principio estaban convencidos de que el sistema de equilibrio que mantuvieron, sobre todo durante la gestión de Néstor Kirchner, se podía prolongar durante mucho tiempo y terminaron reaccionando tarde. La nacionalización de las AFJP fue una medida correcta, pero debería haberse hecho antes y sobre la base de una gran concientización popular. Además, en el conflicto con la burguesía rural se equivocaron porque avanzaron con las retenciones móviles cuando los precios estaban por empezar a caer y encima terminaron permitiendo la reconstitución de la derecha. Ahora tienen por delante un escenario muy difícil porque no sólo son rechazados por las elites sino por amplios sectores de las capas medias.

¿La restauración conservadora es inevitable?

–Es cierto, pero es una derecha con cuerpo grande y cabeza chica porque no tiene proyecto. Cuando Carlos Menem llegó al poder tenía un proyecto porque el sistema de Europa del Este se estaba derrumbando y el neoliberalismo parecía dar respuestas para todo, pero ahora son bandidos sin proyecto.

¿Qué pueden hacer Cobos, De Narváez o Prat Gay?
Lo primero que van a hacer es eliminar impuestos al sector rural y entonces no van a tener más alternativa que ajustar el gasto público y pedir dinero prestado. Eso es volver a los ‘90, pero no creo que sea tan fácil imponer esas recetas porque hubo un cambio en la sociedad. ¿Qué debería hacer el Gobierno para tratar de ponerle freno a esa avanzada? –Debería nacionalizar los ferrocarriles y mejorar rápidamente su funcionamiento para ganar apoyo popular. También armar un ministerio de economía social y poner al sistema financiero en función de ese proyecto. Van a enfrentar resistencias, pero si no se hace nada van a terminar mal. Algunos dicen que no pueden avanzar porque no hay cuadros políticos suficientes, pero los cuadros políticos se forman cuando las cosas se van haciendo. No estoy diciendo que haya que transformar el ejercicio del poder en una aventura. Lo que digo es que hay que tomar la iniciativa.


Nota: Jorge Beinstein es economista egresado de la UBA y doctor de Estado en Ciencias Económicas de la Universidad de Franche Comté-Besançon, Francia. Fue director del Centro de Estudios Multidisciplinarios en Innovación Tecnológica y Prospectiva en la Universidad Nacional de La Plata y profesor titular de la cátedra “Historia económica y social general” en la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA. También se desempeñó como docente e investigador en Maison des Sciences de l’Homme, Institut National Agronomique de Paris-Grignon, Universidad de Franche Comté-Besançon y Conservatoire National des Arts et Métiers. Actualmente es profesor titular de la Cátedra Libre Globalización y Crisis en la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA, profesor del Doctorado en Ciencias Económicas de la Universidad Nacional de La Matanza y coordinador del Observatorio Internacional de la Crisis, organización que agrupa especialistas de Europa, Asia, América y Africa.

Perdón, perdón... qué grande sos

CARTA DEL SECRETARIO DE CULTURA, JORGE COSCIA, EN RESPUESTA A LAS CRÍTICAS RECIBIDAS POR SU ACTO DE ASUNCIÓN


JORGE COSCIA

Secretario de Cultura de la Nación


El martes pasado, durante la presentación de mi gabinete en la Secretaría de Cultura, luego de la entonación del himno nacional, algunos de los presentes cantamos la marcha peronista.Fue espontáneo y no premeditado. Es cierto que era previsible, como también lo fue la reacción de quienes consideraron que el canto era inapropiado.De algún modo, en mi discurso de aquel día me anticipé a dichas reacciones, al agradecer el respeto o la tolerancia de quienes no participaron de la entonación de la famosa marcha que popularizaran millones de descamisados. Yo soy el Secretario de Cultura de todos los argentinos, y eso me honra.Pero la indignación que, en reiterados comentarios, dejan traslucir algunos intelectuales, me obliga a ofrecer mis disculpas inmediatamente.Pido perdón, en primer término, a Miguel Cané y a su memoria, ya que la sala que lleva su nombre fue ultrajada por los versos peronistas. El autor de Juvenilia, que fuera también impulsor de la ley que reprimió y expulsó del país a miles de obreros anarquistas en los tiempos del centenario, no vivió la segunda tiranía, pero seguramente reconocería de inmediato la barbarie y el gesto impúdico avalado (y entonado) por un Secretario de Cultura de la Nación.Me disculpo también con la familia Casares, que alguna vez habitó ese palacio de la calle Alvear y lo ofreció para ceremonias más cultas y refinadas, aunque no logró evitar que la clase ganadera que lo frecuentaba fuera merecedora del mote rastaquouère, por parte de visitantes tan ilustrados como Clemenceau. Seguramente Miguel Cané no pensó en aplicarle al culto y politizado escritor francés el rigor de la Ley de Residencia.Me excuso finalmente por no haber seguido las rigurosas normas que marcan de un modo estricto cómo debe entenderse la libertad de la cultura. Pido perdón por ser un nostálgico dirigista que pretenderá marcar desde el sillón de la calle Alvear los caminos impredecibles que toma la cultura. Para algunos críticos se trata de liberar de ataduras la potencia creadora de nuestros artistas. Todo debe ser posible, dicen, menos, por supuesto, cantar la marcha peronista.Es, parece, imperdonable haber pensado que como Secretario de Cultura debía expresar con sinceridad y transparencia una posición política, en lugar de tratar de agradar exclusivamente a quienes desde siempre impusieron la agenda cultural de la Argentina.¡Cuánta omnipotencia la mía al pensar que sí, que la política suele determinar la cultura de una sociedad! ¡Qué desatino creer que el ocultamiento de los desnudos de la Capilla Sixtina o las 300 películas que se pudieron filmar desde que se recuperó la autarquía del cine, tuvieron que ver con decisiones políticas!¿Cómo es posible además cometer la torpeza de citar en un discurso los nombres de Arturo Jauretche o Raúl Scalabrini Ortiz? ¿Por qué no recité algún párrafo de Jorge Luis Borges o hice algún comentario agudo sobre Michel Foucault o Antonio Gramsci? (a quienes por otra parte suelo leer con enriquecedora frecuencia). No lo hice y para peor, tuve la osadía de nombrar a Jorge Abelardo Ramos, a Jorge Enea Spilimbergo y a Norberto Galasso. ¡Qué atrevimiento poner sobre la mesa a los hombres que me inspiran! Para cuidarme, esas nobles paredes de la calle Alvear deberían haberme susurrado: Prudencia Coscia, ya corrés con desventaja desde tu apellido; demostrales que sos un dócil advenedizo, que agradece las dulces caricias de los que suelen brindar en estos salones.Pero no. Sabía la letra maldita y cuando se largaron algunos de mis compañeros y amigos a cantar la marchita, olvidé todas esas cosas y cometí una zoncera imperdonable. Seguramente surgió en mí ese sentimiento de revancha que, según dicen, nos anima sólo a nosotros y rara vez a quienes nos han censurado, encarcelado, proscripto, discriminado o difamado. Eso fue hace mucho, me aclaran.Y esto otro también: cuentan que Napoleón, una vez que se coronó Emperador, prohibió que sus ejércitos entonaran la irreverente marcha de los Sans Culottes. La censura duró hasta que el invierno ruso puso en retirada a sus legiones. En los días finales, autorizó la marcha que remitía a los jours de gloire de 1789, pero ya era tarde y las tropas rusas, prusianas e inglesas, volvieron a prohibir la marchita de los descamisados franceses.Curiosa paradoja. La marcha peronista fue un grito de los desplazados; nació casi como la contracara de la entonces orgullosa marsellesa que entonaban los manifestantes antiperonistas del '45.Olvidé que las marchas sólo se vuelven respetables cuando se cantan en otro idioma, y en especial cuando las revoluciones que las inspiraron triunfan. La historia, se sabe, siempre la escriben los ganadores. Y sería bueno recordar que los muchachos, aunque unidos, no siempre triunfamos, lo que se vuelve evidente para cualquiera que analice las variables económicas y sociales del '55 a esta parte.Pero como tampoco perdimos del todo y los últimos seis años hemos dado muchos pasos adelante, a veces caemos en la tentación y, orgullosos, damos un grito de corazón. Por todos esos exabruptos, me disculpo.Una melodía familiar e incorregible, me resuena involuntariamente en mi cabeza:Perdón, perdón... qué grande sos...


Publicado en "MIRADAS AL SUR" - 02/08/09

JUANA AZURDUY BOLIVIA

Nació en el cantón de Toroca en las cercanías de Chuquisaca, el 12 de julio de 1780. Ese año la ciudad de La Paz fue sitiada por Túpac Catari y Bartolina Sisa, alzados en armas en apoyo a Túpac Amaru. Durante su infancia su familia tiene un buen pasar. Ella aprenderá el quechua y el aymará. Trabajará en el campo, en las tareas de la casa, y se relacionará con los campesinos e indios. A la muerte de su madre primero y luego de su padre, su crianza quedará a cargo de sus tíos junto a su hermana Rosalía. Su adolescencia será conflictiva, ya que chocará con el conservadurismo de su tía, por lo que será enclaustrada en el Convento de Santa Teresa. Se rebelará contra la rígida disciplina, promoviendo reuniones clandestinas, donde conocerá la vida de Túpac Amaru y Micaela. Leerá la vida de Sor Juana Inés de la Cruz entre otros, lo que le llevará a la expulsión a los 8 meses de internada. De regreso a su región natal, conoce a Melchor Padilla, padre de su futuro marido, amigo de los indios y obediente de las leyes realistas, quien muere lejos de su casa, en una cárcel porteña, acusado de colaborar con otra rebelión indígena, en el año 1784. Ligados a la historia de la resistencia alto peruana, estos hitos biográficos de Padilla ejercerán una enorme influencia sobre la formación de Juana Azurduy.Manuel Padilla, hijo, establece una relación de profunda amistad con Juana. Éste frecuentó las universidades de Chuquisaca y compartió con Juana, su conocimiento por la revolución Francesa, las ideas republicanas, la lucha por la libertad, la igualdad, la fraternidad. Conoció los nombres de: Castells, Moreno, Monteagudo. El 8 de marzo de 1805 contrajeron matrimonio, y tuvieron tres hijos: Marino, Juliana y Mercedes.
Gozaron de una buena posición económica, pero Don Manuel como era criollo no pudo participar de cargos en el cabildo. Con la caída de Fernando VII bajo la ocupación de Napoleón, el 25 de mayo de 1809 se produjo la revolución de Potosí.Manuel Padilla se sumó a la resistencia y encabezó a los indios Chayanta y triunfó. Juró servir a la causa americana y vengó a los patriotas fusilados en el levantamiento de La Paz. Un años después el general Vicento Nieto asumió la Real Audiencia, y condenó a la cárcel y a las mazmorras a todos aquellos que participaron de los levantamientos, entre ellos Padilla. Juana defendió con rebenque en mano su propiedad ante los realistas. Al año siguiente de la Revolución de Mayo, Manuel Padilla se unió a Martín Miguel de Güemes, fueron la pesadilla del ejército realista. Doña Juana quiso acompañarlos pero estaba prohibida la presencia de mujeres en el ejército.Su casa fue confiscada y debió ocultarse en la casa de una amiga. Manuel Padilla se enfrentó con las tropas realistas utilizando el método de guerrillas, venció en varias oportunidades y su nombre comenzó a convertirse en leyenda. Hacia 1813 los revolucionarios ocuparon Potosí y Padilla fue el encargado de organizar el ejército, tarea a la cual se sumó ahora sí Juana. Su ejemplo hizo que muchas mujeres se sumaran a la gesta. "En poco tiempo, el prestigio de Juana Azurduy se incrementó a límites casi míticos: los soldados de Padilla veían en ella la conjunción de una madre y esposa ejemplar con la valerosa luchadora; los indígenas prácticamente la convirtieron en objeto de culto, como una presencia vívida de la propia Pachamama".Luego de la derrota de Vilcapugio y Ayohuma, la lucha se desplazó al nordeste de Bolivia, se le llamó la "Guerra de las Republiquetas". Durante este tiempo el cacique Juan Huallparrimachi, músico, poeta y descendiente de los incas, se unió a Juana Azurduy, fue su fiel lugarteniente. En el mes de marzo de 1814. Padilla y Azurduy vencieron a los realistas en Tarvita y Pomabamba. Pezuela, el jefe del ejército español, puso todo su batallón a perseguir a la pareja de caudillos. Las tropas revolucionarias debieron dividirse: Padilla se encaminó hacia La Laguna y Juana Azurduy se internó en una zona de pantanos con sus cuatro hijos pequeños. Allí se enfermaron cada uno de sus cuatro hijos, donde murieron Manuel y Mariano, antes de que Padilla y Juan Huallparrimachi, llegaran en auxilio. De vueltas en el refugio del valle de Segura murieron Juliana y Mercedes, las dos hijas, de fiebre palúdica y disentería. "Dicen los biógrafos que comienza aquí la guerra brutal contra los realistas:"Padilla es cruel, es sanguinario (...) La guerra se ha desatado bárbaramente; ya no es la ley del Talión la que prima, sino una ley más inhumana, por un muerto se exigen dos, por dos, cuatro", afirma Gantier". "Juana Azurduy está nuevamente embarazada cuando combate el 2 de agosto de 1814 con Padilla y su tropa, en el cerro de Carretas. Y Juana Azurduy sufre ya los dolores de parto cuando escucha las pisadas de la caballería realista entrando en Pitantora. Luisa Padilla, la última hija de los amantes guerreros, nace junto al Río Grande y experimenta ahora en brazos de su madre los ardores de la vida revolucionaria".Un grupo de suboficiales quisieron arrebatarle la caja con el tesoro de sesenta mil duros, el botín de guerra con el que contaban para su supervivencia las tropas revolucionarias, y que Juana Azurduy custodiaba con celoso fervor. Juana se alzó frente a ellos con su hija en brazos y la espada obsequiada por el General Belgrano.Feroz y decidida, montó a caballo con la pequeña Luisa y, juntas, se zambulleron en el río. Lograron llegar con vida a la otra orilla. La hija recién nacida quedó a cargo de Anastasia Mamani, una india que la cuidó durante el resto de los años en que su madre continuó luchando por la independencia americana. En 1816 Juana y su esposo, quienes tenían bajo sus órdenes 6000 indios, sitiaron por segunda vez la ciudad de Chuquisaca. Los realistas lograron poner fin al cerco, y en Tinteros, Manuel Ascencio Padilla encontró la muerte. Manuel Belgrano, en un hecho inédito, envió una carta donde la nombraba teniente coronel. La cabeza de Padilla fue exhibida en la plaza pública durante meses, ésta se convirtió en un símbolo de la resistencia. El 15 de mayo de 1817 Juana al frente de cientos de cholos la recuperó.Juana Azurduy intentó reorganizar la tropa sin recursos, acosada por el enemigo, perdió toda colaboración de los porteños. Juana decidió dirigirse a Salta a combatir junto a las tropas de Güemes, con quien estuvo tres años hasta ser sorprendida por la muerte de éste, en 1821. Decidió regresar junto a su hija de 6 años, pero recién en 1825 logró que el gobierno le dé cuatro mulas y cinco pesos para poder regresar. En 1825 se declaró la independencia de Bolivia, el mariscal Sucre fue nombrado presidente vitalicio. Este le otorgó a Juana una pensión, que le fue quitada en 1857 bajo el gobierno de José María Linares. Doña Juana terminó sus días olvidada y en la pobreza, el día 25 de mayo de 1962 cuando estaba por cumplir 82 años. Sus restos fueron exhumados 100 años después, para ser guardados en un mausoleo que se construyó en su homenaje.Esta carta fue escrita ocho años más tarde de la muerte de Güemes, cuando vagaba pobre y deprimida por las selvas del Chaco argentino:"A las muy honorables juntas Provinciales: Doña Juana Azurduy, coronada con el grado de Teniente Coronel por el Supremo Poder Ejecutivo Nacional, emigrada de las provincias de Charcas, me presento y digo: Que para concitar la compasión de V. H. y llamar vuestra atención sobre mi deplorable y lastimera suerte, juzgo inútil recorrer mi historia en el curso de la Revolución. Aunque animada de noble orgullo tam "Uno de los pocos momentos de felicidad fue aquel en que sorpresivamente Simón Bolívar, acompañado de Sucre, el caudillo Lanza y otros, se presentó en su humilde vivienda para expresarle su reconocimiento y homenaje a tan gran luchadora. El general venezolano la colmó de elogios en presencia de los demás, y dícese que le manifestó que la nueva república no debería llevar su propio apellido sino el de Padilla, y le concedió una pensión mensual de 60 pesos que luego Sucre aumentó a cien, respondiendo a la solicitud de la caudilla: "Sólo el sagrado amor a la patria me ha hecho soportable la pérdida de un marido sobre cuya tumba había jurado vengar su muerte y seguir su ejemplo; mas el cielo que señala ya el término de los tiranos, mediante la invencible espada de V.E. quiso regresase a mi casa donde he encontrado disipados mis intereses y agotados todos los medios que pudieran proporcionar mi subsistencia; en fin rodeada de una numerosa familia y de una tierna hija que no tiene más patrimonio que mis lágrimas; ellas son las que ahora me revisten de una gran confianza para presentar a V.E. la funesta lámina de mis desgracias, para que teniéndolas en consideración se digne ordenar el goce de la viudedad de mi finado marido el sueldo que por mi propia graduación puede corresponderme".

jueves, 6 de agosto de 2009

TÚPAC AMARU (1743-1781)

PERÚ

La sublevación del mestizo José Gabriel Condorcanqui, quien protestaba contra las injusticias de los corregidores y reclamaba para sí el título de Inca heredado de una hija de Felipe Túpac Amaru, dio origen a uno de los episodios más horrendos -quizás el más horrendo- entre todos los crímenes perpetrados en América. Los espíritus tolerantes del siglo XVIII debieron estremecerse ante la ordalía de sangre y crueldad en la que «ilustrados» funcionarios españoles se comportaron peor que el más sanguinario de los salvajes.
Ya en el siglo XVI, el virrey Toledo había intentado sin éxito borrar el recuerdo y la imagen del Inca alegando que ella «vendrá a criar yerba de libertad». Esto era tan cierto que, dos siglos después, el científico y perspicaz viajero que fue Alexander von Humboldt observaba que «dondequiera que ha penetrado la lengua peruana, la esperanza de la restauración de los incas ha dejado huellas en la memoria de los indígenas que guardan recuerdo de su historia nacional». También a los funcionarios les preocupaba esta evidencia. Después de una conspiración que hubo en Lima en 1750, el virrey conde de Superunda opinaba que no debía permitirse a los indios hacer en las fiestas sus mascaradas y bailes como era costumbre, porque las reducían «a una representación de sus antiguos reyes, a sus trajes, estilo y comitiva, cuya memoria los entristece y no deponen algunos sin lágrimas las vestiduras e insignias de sus primeros monarcas». Este sentimiento, renovado en las obras de teatro que representaban con frecuencia, unido a la explotación de que eran objeto por parte de los corregidores del siglo XVIII, explica la rapidez con la que pueblos enteros se alistaron tras la figura del carismático mestizo después de siglos de opresión y pasividad.
José Gabriel Túpac Amaru, como eligió llamarse este «portavoz de los indios ante los blancos», era quinto nieto del último Inca y como tal reclamó para sí a los 22 años el título de cacique de los pueblos de Surimana, Pampamarca y Tangasuca. Había hecho sus estudios en el colegio jesuita para hijos de caciques del Cuzco donde aprendió, entre otras cosas, la historia sagrada, como lo prueban sus frecuentes alusiones a la Biblia. No es aventurado pensar que la historia de Moisés salvando a su pueblo israelita de la esclavitud en que lo tenían los egipcios lo haya alentado a realizar idéntica misión entre los suyos, apoyándose también, quizás, en las teorías del jesuita Francisco Suárez sobre la soberanía del pueblo. Tres o cuatro veces, en sus declaraciones, identifica la tiranía de los corregidores con la del faraón egipcio, pero es en su respuesta al sádico juez Mata Linares donde mejor se percibe esta posible identificación: «siendo descendiente de los incas, como tal, viendo que sus paisanos estaban acongojados, maltratados, perseguidos, él se creyó en la obligación de defenderlos, para ver si los sacaba de la opresión en que estaban». Palabras éstas que recuerdan casi textualmente los razonamientos de Moisés cuando decide salvar a su pueblo del despotismo egipcio, y también cuando recuerda que: «Un humilde joven con el palo y la honda y un pastor rústico, libertaron al infeliz pueblo de Israel del poder de Goliat y faraón: fue la razón porque las lágrimas de estos pobres cautivos dieron tales voces de compasión, pidiendo justicia al cielo, que en cortos años salieron de su martirio y tormento para la tierra de promisión. Mas al fin lograron su deseo, aunque con tanto llanto y lágrimas. Mas nosotros, infelices indios, con más suspiros y lágrimas que ellos, en tantos siglos no hemos podido conseguir algún alivio; y aunque la grandeza real y soberanía de nuestro monarca se ha dignado librarnos con su real cédula, este alivio y fatiga se nos ha vuelto mayor desasosiego, ruina temporal y espiritual. Será la razón porque el faraón que nos persigue, maltrata y hostiliza no es uno solo, sino muchos, tan inicuos y de corazones tan depravados como son todos los corregidores, sus tenientes, cobradores y demás corchetes: hombres por cierto diabólicos y perversos [...] que dar principio a sus actos infernales sería santificar... a los Nerones y Atilas de quienes la historia refiere sus iniquidades... En éstos hay disculpas porque, al fin, fueron infieles; pero los corregidores, siendo bautizados, desdicen del cristianismo con sus obras y más parecen ateos, calvinistas, luteranos, porque son enemigos de Dios y de los hombres, idólatras del oro y de la plata. No hallo más razón para tan inicuo proceder que ser los más de ellos pobres y de cunas muy bajas».
En 1760 se había casado con Micaela Bastidas, valiente y decidida mujer que, además de darle tres hijos, lo animó y ayudó en una empresa que desde el primer momento consideró también como suya. No fue la única: varias mujeres, indígenas y mestizas, participaron en esta gesta contra la opresión de un sistema tiránico y humillante.
Boleslao Lewin, en su ya clásica obra sobre Túpac Amaru, afirma que su programa social fue claro y explícito desde un principio. No así el político, que fue variando a medida que se desarrollaban los acontecimientos. Cuando se acerca por primera vez a las autoridades españolas, en 1777, lo hace con un coherente programa de reivindicaciones; en primer lugar; conseguir la eliminación de la mita, sobre todo la minera, que si siempre había sido dura, con la disminución de los indígenas era imposible de sobrellevar. «Entonces morían los indios y desertaban -afirma en el memorial de diciembre de 1777- pero los pueblos eran numerosos y se hacía menos sensible; hoy, en la extrema decadencia en que se hallan, llega a ser imposible el cumplimiento de la mita porque no hay indios que las sirvan y deben volver los mismos que ya la hicieron...». Denuncia los esfuerzos inhumanos a que son obligados, los largos y peligrosos caminos que deben andar para llegar hasta allí «más de doscientas jornadas de ida y otras tantas de vuelta» y propone que, en lugar de los indios, trabajen en las minas «el copioso número de trabajadores establecidos en dicho cerro de Potosí». Pedía también la extinción de los obrajes, verdaderas cárceles donde se obligaba a adultos, viejos y hasta a niños a tejer y a hacer otras "granjerías" sin descanso.
Las mayores acusaciones, sin embargo, estaban dirigidas a los corregidores, quienes, para poder conservar sus vidas lujosas e incrementar aún más los dividendos, obligaban a los indios a comprar toda clase de objetos inútiles, quedándose ellos con parte de la ganancia obtenida. La sabia legislación indiana había prohibido a los corregidores de indios comerciar con ellos, pero desde mediados del siglo XVIII esta prohibición pasó a ser letra muerta. Es así que, como decía Túpac Amaru, «nos botan alfileres, agujas de Cambray, polvos azules, barajas, anteojos, estampitas y otras ridiculeces como éstas. A los que somos algo acomodados nos botan terciopelos, medias de seda, encajes, hebillas, ruán y cambrayes, como si nosotros los indios usáramos de estas modas españolas. Y en unos precios exorbitantes, que cuando llevamos a vender no volvemos a recoger ni la veinte parte de lo que hemos de pagar... ». Es decir, que seguían recurriendo a los cascabeles y cuentas de colores de comienzos de la Conquista. Algunos funcionarios reales veían y denunciaban este estado de cosas pero no se tomaba ninguna medida seria, quizás porque la Corona no podía pagar de otro modo a los corregidores que debían cobrar su sueldo de lo que sacaban a los indios.
Viendo que sus peticiones no tenían eco, Túpac Amaru comenzó a preparar la insurrección haciendo acopio de armas de fuego, vedadas a los indígenas. Al mismo tiempo trataba de atraer a criollos y mestizos a su causa con desparejo resultado. La ocasión se presentó cuando el obispo criollo Moscoso excomulgó al corregidor de Tinta, Arriaga, individuo particularmente odiado por los indios. El 4 de noviembre de 1780, Túpac Amaru, con su autoridad de cacique de tres pueblos, mandó detener a Antonio de Arriaga, y lo obligó a firmar una carta donde pedía a las autoridades dinero y armas y llamaba a todos los pueblos de la provincia a juntarse en Tungasuca, donde estaba prisionero. Le fueron enviados 22.000 pesos, algunas barras de oro, 75 mosquetes, mulas, etcétera.
El 10 de noviembre, ejecutado Arriaga en la horca, según Túpac Amaru «en nombre del rey», comienza la mayor sublevación de América, cuyos ecos llegaron hasta los virreinatos de Nueva Granada y Río de la Plata, provocando nuevas insurrecciones en las que perdieron la vida más de 100.000 personas. «Desde el día diez -dice un documento de la época citado por Pedro de Ángelis- empezó a escribir cartas a diferentes caciques, mandándoles que prendiesen a sus corregidores, tenientes y demás dependientes, y dando órdenes para que se embargasen sus bienes». Estas cartas iban acompañadas de los edictos que habían de publicar dichos caciques en sus respectivas provincias, promulgando que se acabarían los pechos de repartimientos, aduanas y mitas de Potosí con el exterminio de los corregidores.
Seguido por un entusiasta ejército de indios, empezó a recorrer pueblos y ciudades destruyendo a su paso los obrajes, símbolo de opresión, y emitiendo proclamas que modificaban su discurso según fueran dirigidas a los indios y a los esclavos, a los sacerdotes o a los criollos. A los primeros les prometía que «quedarán libres de la servidumbre y esclavitud en que estaban», insistiendo en que su misión consistía en abolir los abusos y terminar con los corregidores, que él era el libertador del reino y el restaurador de los privilegios otorgados a sus antepasados por los Reyes Católicos. A los clérigos les aseguraba que «sólo pretendo quitar tiranías del reino, y que se observe la santa y católica ley, viviendo en paz y quietud», recalcando en una carta al obispo Moscoso «V. S. Ilma. no se incomode con esta novedad ni perturbe su cristiano fervor. Ni la paz de los monasterios, cuyas sagradas vírgenes e inmunidades no se profanarán de ningún modo, ni sus sacerdotes serán invadidos con la menor ofensa de los que me siguieren...».
El 23 de diciembre de 1780 se dirige especialmente a los criollos en una proclama donde hace saber que «viendo el yugo fuerte que nos oprime con tanto pecho [impuestos] y la tiranía de los que corren con este cargo, sin tener consideración de nuestras desdichas, y exasperado de ellas y de su impiedad, he determinado sacudir el yugo insoportable y contener el mal gobierno que experimentamos de los jefes que componen estos cuerpos, por cuyo motivo murió en público cadalso el corregidor de Tinta, a cuya defensa vinieron de la ciudad del Cuzco una porción de chapetones, arrastrando a mis amados criollos, quienes pagaron con sus vidas su audacia. Sólo siento lo de los paisanos criollos, a quienes ha sido mi ánimo no se les siga ningún perjuicio, sino que vivamos como hermanos y congregados en un cuerpo, destruyendo a los europeos».
Las respuestas a estas proclamas fueron inmediatas y distintas. En las calles de Arequipa y del Cuzco aparecieron pasquines en favor y en contra del rebelde.
Como España estaba en guerra con Gran Bretaña, se decía para desprestigiar al famoso mestizo que había tomado contacto con los ingleses. Entre la crítica y la admiración, un diario de Arequipa describía así, en enero de 1781, la figura del insurrecto y sus seguidores. El testigo destaca los elementos incaicos de su vestimenta e insinúa la presencia de dos ingleses entre sus hombres.
«El ejército era muy considerable, y fuera de la infantería llevaba sobre mil hombres de caballería, españoles y mestizos, con fusiles, y al lado izquierdo y derecho de Túpac Amaru iban dos hombres rubios y de buen aspecto, que parecían ingleses. Túpac Amaru iba en un caballo blanco, con aderezo bordado de realce, su par de trabucos naranjeros, pistolas y espada, vestido de azul de terciopelo, galoneado de oro; su cabriolé en la misma forma, de grana, y un galón de oro ceñido en la frente. Su sombrero de tres vientos, y encima del vestido, su camiseta o unco, semejante a un roquete [casulla] de obispo, sin mangas, ricamente bordado, y en el cuello una cadena de oro, y en ella pendiente un sol del mismo metal, insignias de los príncipes, sus antepasados.»
La revuelta tuvo repercusión en toda la América hispana: desde el Río de la Plata hasta Colombia, Venezuela y aun Panamá y México, pero no todos los movimientos tuvieron las mismas características. Aunque después de su muerte los criollos utilizaron la figura de Túpac Amaru como símbolo, el suyo fue un movimiento esencialmente indígena: se unieron a él hasta los chiriguanos y los mocovíes nómades del Chaco salteño. En febrero de 1781 se levantaron Chuquisaca y Oruro, en marzo Tupiza, Puno, La Paz y Jujuy, donde decían «Ya tenemos rey Inca». Unos 5000 indios en una extensión de 1500 kilómetros, de Salta al Cuzco, se dispusieron a seguir al rebelde. En Oruro, donde hubo mucha participación de mestizos, se fijó en abril del 81 este pasquín:
Ya en el Cuzco con empeño quieren sacudir y es ley, el yugo de ajeno rey y coronar al que es dueño. ¡Levantarse americanos! Tomen armas en las manos, y con osado furor maten, maten sin temor a los ministros tiranos.
Y en marzo de 1781 fijaron en la puerta de la Audiencia de Charcas:
El general inca viva jurémosle ya por rey, porque es muy justo y de ley que lo que es suyo reciba. Todo indiano se aperciba a defender su derecho porque Carlos con despecho los aniquila y despluma y viene a ser todo, en suma, robo al revés y al derecho.
Como fácilmente se ve en estos versos, mestizos y criollos protestaban sobre todo por la política impositiva de Carlos III. En la ciudad de Mendoza quisieron quemar su retrato «intentando dar a un vecino doscientos pesos... para quemarlo a favor del rebelde Túpac Amaru inca, y los dependientes de este rebelde, dando por bien hechas las atrocidades que han hecho». También el movimiento de los comuneros de Nueva Granada, esencialmente anti-impositivo, tomó elementos de los tupamaristas, pero con predominio criollo. «El día 16 de marzo de 1781, día de mercado, se presentaron en la plaza del Socorro unos cuantos hombres... vociferando que no pagarían los impuestos»; ante la intervención del alcalde que trataba de disuadirlos, «una mujer llamada Manuela Beltrán se acercó a la puerta de la casa donde estaba fijado en una tabla el edicto del Visitador y al grito de 'Viva el rey y muera el mal gobierno!', desgarró el edicto y volvió pedazos la tabla entre los vivas y aplausos de la multitud».
Sucesos semejantes ocurrieron en distintas ciudades de Nueva Granada, con la diferencia de que en algunos pueblos se añadía al repudio por los impuestos algo mucho más grave: el reconocimiento de Túpac Amaru como nuevo rey. «¡Que viva el rey inca y muera el rey de España y todo su mal gobierno y quien saliese en su defensa!», gritaban en Silos, mientras en los llanos de Casanare y pueblos aledaños, un criollo, don Javier de Mendoza, se ponía a la cabeza de los indios sublevados en mayo del mismo año y hacía jurar a Túpac Amaru como rey de América. Es posible, sin embargo, que los comuneros de Nueva Granada, en su mayoría criollos, hubieran tomado el nombre del Inca para atraer a su causa a los indios del lugar.
Si Túpac Amaru hubiera podido tomar la ciudad del Cuzco, otro rumbo hubieren seguido los acontecimientos. Quizás hubiera podido negociar una paz digna y obtener un indulto. Pero el ilustre peruano no quería que corriera tanta sangre y el tiempo que empleó en cartas al obispo y al cabildo de la ciudad para que se rindieran fue aprovechado por sus enemigos para enviar refuerzos considerables que hicieron imposible una victoria de los insurrectos.
Con la llegada al Cuzco del visitador general José Antonio de Areche y el inspector general José del Valle encabezando un ejército compuesto de 17.116 hombres armados, la situación se desequilibró en perjuicio de los rebeldes. Lo más importante, sin embargo, fueron las medidas políticas adoptadas por los jefes realistas: se prohibiría el reparto (comercio obligatorio) de los corregidores y se indultaría con un perdón general a todos los comprometidos en la insurrección, exceptuando a los cabecillas. Estas medidas lograron que muchos desertaran o pasaran a las filas realistas. Túpac Amaru intentó todavía dar un golpe de mano atacando primero, pero el ejército realista fue advertido por un prisionero escapado y el golpe fracasó. La noche del 5 al 6 de abril se libró la desigual batalla entre los dos ejércitos. Según un parte militar «fueron pasados a cuchillo más de mil y derrotado el resto enteramente». Al verse perdido Túpac Amaru intentó fugar: «viendo todo perdido -sigue contando el parte militar del 8 de abril- envió orden a su mujer e hijos de que huyesen como pudiesen y se arrojó a pasar un río caudaloso a nado, lo que logró. Pero a la otra banda el coronel de Langui, que lo era por su orden en este pueblo, por ver si indultaba su vida, le hizo prisionero y le entregó a los nuestros... lo mismo que a su mujer, hijos y demás aliados... A las seis de la mañana de este mismo día se condujo prisionero a Francisco Túpac Amaru, tío de José Gabriel, y a otro cacique llamado Torres, famosos capitanes del rebelde. El primero traía vestiduras reales, de las que usaban los Incas, con las armas de Túpac Amaru bordadas de seda y oro en las esquinas».
Túpac Amaru y los suyos quedarían expuestos a las fieras, que se cobrarían con creces los momentos de humillación y miedo que debieron pasar por su causa.
«El viernes 18 de mayo de 1781, después de haber cercado la plaza con las milicias de esta ciudad del Cuzco... y cercado la horca con el cuerpo de mulatos y huamanguinos, arreglados todos con fusiles y bayonetas caladas, salieron de la Compañía nueve sujetos que fueron: José Verdejo, Andrés Castelo, un zambo, Antonio Oblitas (el verdugo que ahorcó al general Arriaga), Antonio Bastidas, Francisco Túpac Amaru; Tomasa Condemaita, cacica de Arcos; Hipólito Túpac Amaru, hijo del traidor; Micaela Bastidas, su mujer, y el insurgente, José Gabriel. Todos salieron a un tiempo, uno tras otro. Venían con grillos y esposas, metidos en unos zurrones, de estos en que se trae la yerba del Paraguay, y arrastrados a la cola de un caballo aparejado. Acompañados de los sacerdotes que los auxiliaban, y custodiados de la correspondiente guardia, llegaron al pie de la horca, y se les dieron por medio de dos verdugos, las siguientes muertes:
«A Verdejo, Castelo, al zambo y a Bastidas se les ahorcó llanamente. A Francisco Túpac Amaru, tío del insurgente, y a su hijo Hipólito, se les cortó la lengua antes de arrojarlos de la escalera de la horca. A la india Condemaita se le dio garrote en un tabladillo con un torno de fierro... habiendo el indio y su mujer visto con sus ojos ejecutar estos suplicios hasta en su hijo Hipólito, que fue el último que subió a la horca. Luego subió la india Micaela al tablado, donde asimismo en presencia del marido se le cortó la lengua y se le dio garrote, en que padeció infinito, porque, teniendo el pescuezo muy delgado, no podía el torno ahogarla, y fue menester que los verdugos, echándole lazos al cuello, tirando de una a otra parte, y dándole patadas en el estómago y pechos, la acabasen de matar.
«Cerró la función el rebelde José Gabriel, a quien se le sacó a media plaza: allí le cortó la lengua el verdugo, y despojado de los grillos y esposas, lo pusieron en el suelo. Le ataron las manos y pies a cuatro lazos, y asidos éstos a las cinchas de cuatro caballos, tiraban cuatro mestizos a cuatro distintas partes: espectáculo que jamás se ha visto en esta ciudad. No sé si porque los caballos no fuesen muy fuertes, o porque el indio en realidad fuese de hierro, no pudieron absolutamente dividirlo después que por un largo rato lo estuvieron tironeando, de modo que lo tenían en el aire en un estado que parecía una araña. Tanto que el Visitador, para que no padeciese más aquel infeliz, despachó de la Compañía una orden mandando le cortase el verdugo la cabeza, como se ejecutó. Después se condujo el cuerpo debajo de la horca, donde se le sacaron los brazos y pies. Esto mismo se ejecutó con las mujeres, y a los demás les sacaron las cabezas para dirigirlas a diversos pueblos. Los cuerpos del indio y su mujer se llevaron a Picchu, donde estaba formada una hoguera, en la que fueron arrojados y reducidos a cenizas que se arrojaron al aire y al riachuelo que allí corre. De este modo acabaron con José Gabriel Túpac Amaru y Micaela Bastidas, cuya soberbia y arrogancia llegó a tanto que se nominaron reyes del Perú, Quito, Tucumán y otras partes...
«Este día concurrió un crecido número de gente, pero nadie gritó ni levantó la voz. Muchos hicieron reparo, yo entre ellos, de que entre tanto concurso no se veían indios, a lo menos en el traje que ellos usan, y si hubo alguno, estarían disfrazados con capas o ponchos. [..] Habiendo hecho un tiempo muy seco y días muy serenos, aquel día amaneció entoldado, que no se le vio la cara al Sol, amenazando por todas partes a llover. Ya la hora de las 12, en que estaban los caballos estirando al indio, se levantó un fuerte refregón de viento y tras éste un aguacero que hizo que toda la gente, aun las guardias, se retirasen a toda prisa. Esto ha sido causa de que los indios se hayan puesto a decir que el cielo y los elementos sintieron la muerte del Inca, que los inhumanos e impíos españoles estaban matando con tanta crueldad.»
Ese día la naturaleza mostró ser más piadosa que los hombres.

MANUEL RODRÍGUEZ ERDOYZA: EL MÍTICO GUERRILLERO

CHILE

Nació en Santiago el 25 de febrero de 1785 y murió asesinado en 1818. Sus padres fueron María Loreto de Erdoyza y Aguirre, peruana, y Carlos Rodríguez de Herrera, español.
Realizó sus primeros estudios en el Colegio de San Carlos, donde de inmediato se destacó por su carácter vivaz e inquieto y por sus aptitudes intelectuales. El rector de aquel establecimiento relataba que "era filósofo y en cada función literaria que sostenía, así como en las conferencias privadas del colegio... fue siempre consiguiente su acierto, lo que confirmaba muy bien la juiciosidad, aplicación y celo con que se manejó en las obligaciones particulares a su instituto...".
Siguió estudios superiores en la Real Universidad de San Felipe, recibiendo su doctorado en Leyes en 1804, el mismo año en que fue recibido como abogado por la Real Audiencia.
En 1810, empezó a manifestar sus simpatías hacia la causa revolucionaria en la cual desde 1811 coincidiría con su compañero de colegio, José Miguel Carrera. En mayo de ese año, Rodríguez fue nombrado procurador del Cabildo de Santiago, cargo que desempeñaría por breve tiempo: el golpe de Estado de noviembre lo llevó a la diputación por Santiago ante el Congreso y a los pocos días fue nombrado secretario de Estado en la cartera de Guerra.
Papel crucial
En 1813, fue nombrado secretario particular por su amigo José Miguel Carrera. Una sombra de duda se posó sobre esta amistad en enero de ese mismo año, cuando Rodríguez fue acusado de participar en una conjura contra el caudillo militar, pero en 1814 volvió a ocupar igual cargo.
Tras la Batalla de Rancagua, debió emigrar a Mendoza, desde donde inició una serie de actividades de espionaje y correrías que lo transformarían en uno de los personajes míticos de nuestra historia.
En un plano objetivo, las funciones que Rodríguez desarrolló en Chile consistían fundamentalmente en el traspaso de información acerca del estado de las tropas realistas. Asimismo, su misión era realizar acciones de distracción que indicaran que el grueso del Ejército de Los Andes cruzaría la cordillera por el paso del Planchón, provocando así una desconcentración de aquellas tropas, que en su mayoría se encontraban acuarteladas en la Zona Central.
Audaz protagonista
Muchas son las peripecias que la sabiduría popular ha convertido en verdaderas leyendas que lo tienen como protagonista. Se cuenta que, perseguido por tropas realistas, se refugió en el convento de Apoquindo de los frailes dominicos, y que disfrazado de monje, condujo a sus perseguidores por todas las dependencias del recinto.
También, se sostiene que en una oportunidad, fingiendo ser un pordiosero, llegó a abrir la puerta del carruaje que conducía al Gobernador Marcó del Pont, quien en agradecimiento por aquel gesto habría llegado a darle una propina.
En otro hecho, encontrándose en una zona rural, habría simulado ser un campesino castigado en el cepo por su embriaguez para despistar a quienes lo perseguían.
En enero de 1817, estando ya próximo el arribo del ejército comandado por San Martín, asaltó el poblado de Melipilla y luego se dirigió a repetir esta operación en San Fernando.
Un problema para O'Higgins
Todos estos hechos lo fueron transformando en una suerte de héroe popular que, dados sus antecedentes carrerinos, podría llegar a ser un elemento difícil de manejar para el nuevo gobierno encabezado por Bernardo O'Higgins. Según algunos autores, por esta razón se le ofreció una misión diplomática en Estados Unidos, pero la rechazó, uniéndose entonces al ejército con el grado de teniente coronel.
Rodríguez siempre tuvo un carácter apasionado y esto le acarreó algunos problemas. En 1817, ocupó San Fernando y cambió a las autoridades locales, hecho que no fue aceptado por el gobierno. Hilarión de la Quintana, Director Supremo interino en ausencia de O'Higgins, ordenó su detención acusándolo de preparar una conspiración en favor de José Miguel Carrera. Tras algunos meses en prisión, fue liberado por orden del general San Martín, quien lo nombró auditor de guerra del Ejército.
"¡Aún tenemos patria, ciudadanos!"
Rodríguez se encontraba en Santiago cuando a la capital llegó la noticia del Desastre de Cancha Rayada (1818). Alentó a todo el mundo con el grito de "¡Aún tenemos patria, ciudadanos!" y organizó un nuevo escuadrón militar, los Húsares de la Muerte. Durante 48 horas ejerció como interino, y por designación popular, el cargo de Director Supremo, gesto que se consideró peligroso para el gobernante titular.
Una vez que retornó la tranquilidad tras la Batalla de Maipú (5 de abril de 1818), se ordenó la disolución de los Húsares de la Muerte y Rodríguez fue detenido en el cuartel de San Pablo, de donde fue sacado el 25 de mayo de 1818. Se dijo que era para ser trasladado a Valparaíso y que allí se formalizaría su deportación. Sin embargo, al llegar a las cercanías de Til-Til, fue asesinado y su cuerpo enterrado en la capilla de esa localidad. Los custodios alegaron que había tratado de escapar.

SIMON BOLIVAR (1783 - 1830) VENEZUELA

Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios y Blanco nació en Caracas en 24 de julio de 1783 de don Juan Vicente Bolívar y Ponte y doña María de la Concepción Palacios y Blanco. Nacido un aristócrata, Simón Bolívar recibió una excelente educación de sus tutores, especialmente Simón Rodríguez. Gracias a sus tutores, Bolívar conoció las obras del movimiento filosófico del siglo XVIII y también las de Grecia y Roma clásica.
A la edad de nueve años el joven Bolívar perdió sus padres y quedo en cargo de su tío don Carlos Palacios. A la edad de quince, don Carlos Palacios lo mandó a España para continuar con su educación.
Bolívar viajó hacia España en 1799 con su amigo Esteban Escobar. Al hacer este viaje, se detuvo en la Ciudad de México donde se encontró con el virrey de Nueva España quien quedó alarmado cuando el joven Bolívar discutió con confianza acerca de la independencia americana. Llegó a Madrid en junio de ese año y quedándose con su tío Estaban Palacios.
En España, Bolívar conoció a María Teresa Rodríguez del Toro y Alayza con quien se casó poco después en 1802. Poco después de volver a Venezuela, en 1803, María Teresa murió de fiebre amarilla. Su muerte afectó grandemente a Bolívar quien juró nunca casarse de nuevo. Promesa que mantuvo el resto de su vida.
Después de perder su esposa, Bolívar regresó a España con su tutor y amigo, Simón Rodríguez, en 1804. Mientras en Europa presenció la proclamación de Napoleón Bonaparte como Emperador Francés y después asistió a la coronación de Napoleón como Rey de Italia en Milán. Bolívar perdió respeto por Napoleón, a quien él consideró un traidor a las ideas republicanas. Pero era en Italia que Bolívar hizo su famoso juramento sobre el Monte Sacro de Roma de no descansar hasta que América sea libre.
Bolívar regresó a Venezuela en 1807 después de una breve visita a los Estados Unidos. En 1808 Napoleón instaló a su hermano, José, como Rey de España. Esto instigó una gran revolución popular en España conocida como la Guerra Peninsular. En América, como en España, juntas regionales se formaron para luchar contra el nuevo rey. A diferencia de las juntas españolas, las juntas americanas lucharon contra el poder del rey, no solo la persona de José Bonaparte. Ese año, la junta de Caracas declaró su independencia de España y Bolívar fue enviado a Inglaterra con Andrés Bello y Luis López Méndez en una misión diplomática. Bolívar regresó a Venezuela y el 3 de junio de 1811, dio su discurso en favor de la independencia americana a la Sociedad Patriótica. El 13 de agosto, fuerzas patriotas bajo el comando de Francisco de Miranda lograron una victoria en Valencia. El 24 de julio de 1812 Miranda se rindió después de varios desastres militares y Bolívar pronto tuvo que huir a Cartagena. Allí, Bolívar escribió su famoso "Manifiesto de Cartagena" en el cual manifestó que Nueva Granada debería ayudar a liberar Venezuela porque su causa era la misma y porque la libertad de Venezuela aseguraría la libertad de Nueva Granada. Bolívar recibió la asistencia de Nueva Granada y en 1813 invadió Venezuela. Entró a Mérida el 23 de mayo y fue proclamado "Libertador" por el pueblo. El 8 de junio Bolívar proclamó la "guerra a muerte" en favor de la libertad. Bolívar tomó Caracas el 6 de agosto y dos idas después proclamó la segunda república venezolana. Después de numerosas batallas, Bolívar tuvo que huir nuevamente y en 1815 tomó refugio en Jamaica de donde escribió su "Carta de Jamaica". Ese mismo año Bolívar viajó a Haití y solicitó a su presidente, Alejandro Sabes Petión, ayudar a la causa hispanoamericana. En 1817, con ayuda de Haití, Bolívar regreso al continente para continuar luchando. La Batalla de Boyacá el 7 de agosto de 1819 resultó en una gran victoria para Bolívar y el ejército de la revolución. Ese año, Bolívar creó el Congreso de Angostura que fundó Gran Colombia (una federación de las presentes repúblicas de Venezuela, Colombia, Panamá y Ecuador) la cual nombró a Bolívar presidente. Durante los próximos años la oposición realista fue eliminada. Después de la victoria de Antonio José de Sucre sobre las fuerzas españolas en la Batalla de Pichincha el 23 de mayo de 1822 el norte de Sudamérica fue liberada. Con esa gran victoria Bolívar preparó para marchar con su ejército para cruzar los Andes y liberar Perú.
El 26 de julio de 1822 Bolívar tuvo una conferencia con José de San Martín en Guayaquil para discutir la estrategia para la liberación de Perú. Nadie sabe que ocurrió en la secreta reunión entre los dos héroes latinoamericanos, pero San Martín volvió a Argentina mientras Bolívar preparó para la lucha contra el último bastión español en Sudamérica. En 1823 Bolívar tomó comando de la invasión de Perú y en septiembre llegó en Lima con Sucre para planear el ataque. El 6 de agosto de 1824 Bolívar y Sucre juntos derrotaron el ejército español en la Batalla de Junín. El 9 de diciembre Sucre destrozó el último valuarte del ejército español en la Batalla de Ayacucho, eliminando la presencia española en Sudamérica. El 6 de agosto de 1825 Sucre creó el Congreso del Alto Perú cual creó la República de Bolivia en honor de Bolívar. La Constitución de 1826, aunque nunca usada, fue escrita por Bolívar mismo. También en 1826 Bolívar creó el Congreso de Panamá, la primera conferencia hemisférica. Pero en 1827 debido a rivalidades personales entre los generales de la revolución, explotaron guerras civiles que destrozaron la unión sudamericana por cual Bolívar había luchado. Acorralado por guerras fraccionales y sufriendo de tuberculosis, El Libertador Simón Bolívar murió el 17 de diciembre de 1830

miércoles, 5 de agosto de 2009

LA GUERRA DEL PARAGUAY

PRIMERA PARTE - Por Felipe Pigna

MANUEL "EL LOCO" DORREGO

EN POCAS PALABRAS...

"Finalmente, a juicio del que habla, no solo en conformidad de la provincia a quien representa, sino de todos, el sistema federal es el único adoptable en esta circunstancia, porque es aquel que una inmensa mayoría designa y es el que pide… El sistema federal puede hacer nuestra felicidad, tanto más cuando es un sistema más análogo a los sentimientos de todos, porque esta más en contacto con el pueblo”

Dorrego se despide del Gobernado de Santa Fe
Señor Gobernador de Santa Fe don Estanislao López.Mi apreciable amigo: en este momento me intiman a morir dentro de una hora. Ignoro la causa de mi muerte; pero de todos modos perdono a mis perseguidores.Cese usted por mi parte todo preparativo, y que mi muerte no sea causa de derramamiento de sangre. Soy su afectuosísimo amigo.Manuel Dorrego

El 13 de Diciembre de 1828, el Coronel Manuel Dorrego, Gobernador de Buenos Aires,escribía desde Navarro estas líneas a su esposa, antes de ser fusilado
Mi querida Angelita: En este momento me intiman que dentro de una hora debo morir; ignoro por qué; más la Providencia Divina, en la cual confío en este momento crítico, así lo ha querido. Perdono a todos mis enemigos y suplico a mis amigos que no den paso alguno en desagravio de lo recibido por mí.Mi vida, educa a esas amables criaturas, se feliz, ya que no lo has podido ser en compañía del desgraciado.

FRANSISCO SOLANO LÓPEZ

El Mariscal nació el 24 de julio de 1826 en Manorá, Asunción. Fue el primero de los cinco hijos legítimos de Don Carlos Antonio López y doña Juana Carrillo. Sus hermanos fueron Inocencia, casada luego con el General Vicente Barrios; Venancio; Rafaela, quien contrajo matrimonio con don Augusto Acevedo Pedra; y Benigno. Su padrino fue don Lázaro Rojas Aranda. Realizó sus primeros estudios con el maestro argentino Juan Pedro Escalada y, más tarde, con el jesuita Bernardo Parés. Tenía quince años cuando su padre accedió a la vida pública tras el fallecimiento de José Gaspar de Francia. Leía mucho, aprendió a hablar correctamente el francés y algo de inglés aún antes de su viaje a Europa.Ingresó muy joven al ejército, que en esa época era muy precario, siendo precisamente obra suya la optimización y profesionalización del mismo. En 1845, era ya coronel y al año siguiente fue nombrado comandante del cuerpo expedicionario cuando la Alianza suscrita por el Paraguay con la provincia de Corrientes por el tratado del 2l de noviembre de 1845, determinó la ayuda militar. Dice Arturo Bray: “En 1846 estaban ya frente a frente y en son de guerra, las provincias de Corrientes y Entre Ríos; esto es, Madariaga, gobernador de la primera, y el general Urquiza, por aquel entonces hombre de Rosas”. Formó un ejército de 4200 hombres que debía ponerse bajo las órdenes del general Paz en Villa del Pilar. Allí conoció a Juanita Pesoa, de quien tendría tres hijos naturales. Antes de la partida, el ejército realizó el primer juramento a la bandera paraguaya, creada por ley del 25 de noviembre de 1842. El cuerpo expedicionario regresó a Paraguay, en 1846, sin haber entrado en combate. En el año 1849, fue comandante de la división paraguaya que reocupó las Misiones al sur del Paraná y, posteriormente, fue nombrado jefe del ejército nacional, con asiento en Pilar.En 1853, con el cargo de brigadier general partió en misión especial a Europa. El objetivo era establecer relaciones diplomáticas con Gran Bretaña, Francia, Prusia y Cerdeña, pero también el objetivo era adquirir barcos y armamentos. En París, conoció a la irlandesa Elisa Alicia Lynch, quien sería su compañera y la madre de sus hijos. Durante su misión, firmó un contrato de colonización para establecer una colonia Nueva Burdeos, en el actual asiento de Villa Hayes y adquirió el buque “Tacuarí” y armamentos en Inglaterra. Regresó a fines de 1854. En 1856, fue destacado para viajar a Río de Janeiro con el fin de establecer un tratado con el canciller Paranhos sobre navegación de los ríos. A causa de una enfermedad fue reemplazado por José Berges. Fue nombrado Ministro de Guerra ese mismo año. En 1858, actuó como plenipotenciario especial para efectivizar el tratado con Paranhos, en Asunción.El 27 de setiembre de 1859, partió de Asunción a bordo del “Tacuarí”, acompañado por un séquito formado por el mayor José María Aguiar, el capitán Rómulo Yegros y los alféreces José Díaz y Pedro Duarte con la misión de mediar en el conflicto entre los gobiernos de Paraná y Buenos Aires. El acuerdo firmado el 11 de noviembre y que se conoce como el Pacto de San José de Flores establecía que Buenos Aires se declara integrante de la Confederación Argentina siendo la República del Paraguay el garante del cumplimiento del convenio solicitado tanto por el Excelentísimo Presidente de la Confederación Argentina como por el Excelentísimo Gobierno de Buenos Aires. López recibió altos honores y el titulo de “pacificador”, de parte de los generales Mitre y Urquiza, entre otras personalidades argentinas. De regreso al país se abocó a organizar un moderno ejército disciplinado, visitando constantemente la fortaleza de Humaitá (cuyas ruinas siguen hoy), recién construida. A mediados de 1862, fue designado sucesor de su padre en el gobierno en caso de acefalía, hasta tanto se reuniera un Congreso para elegir un nuevo mandatario. El 10 de setiembre, muere Don Carlos Antonio López. Francisco Solano, Ministro de Guerra, asume provisoriamente. El 16 de octubre de 1862, el Congreso lo eligió presidente por un periodo de 10 años.Durante los primeros 3 años, su gobierno se caracteriza por una intensa actividad en la administración pública, se prolongó el ferrocarril (el primero de Sudamérica) hasta Pirayú, se inició la construcción del Palacio de Gobierno, del Oratorio de la Virgen de Asunción y del Teatro Nacional. Se fundaron nuevas escuelas y se otorgaron becas a jóvenes estudiantes para Europa. Creó un nuevo campamento en Cerro León, en el que reunió a cinco mil soldados. El Brasil estaba interviniendo abiertamente en la política interna del Uruguay apoyando al general Flores y a su partido colorado. Ante un pretendido conflicto en la frontera de Río Grande do Sul, Brasil envió a José A. Saraiva para exigir reparaciones al gobierno uruguayo. Vázquez Sagastume, ministro uruguayo, sin autorización del gobierno (según algunos autores), requirió el 13 de junio de 1863, la mediación del Paraguay en el conflicto entre el Uruguay y el Brasil. El gobierno paraguayo informó a Brasil que aceptaba ejercer la mediación solicitada por el ministro uruguayo. Mientras tanto en Uruguay la mediación estaba a cargo de un tercero, formado por el ministro inglés Thorton, el canciller argentino Elizalde y el representante brasileño Saraiva, que trataba de poner fin a la guerra civil (uruguaya) entre blancos y colorados. Brasil respondió que consideraba innecesaria su mediación y el gobierno uruguayo declaró que no precisaba de los buenos oficios del gobierno paraguayo.Poco después Brasil inició los actos de agresión contra el gobierno blanco del Uruguay, López, confirmó su temor de que Brasil extendiera su imperio primero en Uruguay y luego en Paraguay, ante la no clarificación de los hechos por parte del ministro imperial Sauvan Vianna de Lima. El 30 de agosto, en una nota dirigida a Lima, por el canciller Berges señalaba que el gobierno de la República del Paraguay consideraba cualquier ocupación del territorio oriental por fuerzas imperiales como atentatorio al equilibrio de los Estados del Plata y que esta situación interesaba a la República del Paraguay como garantía de su seguridad, paz y prosperidad. Brasil invadió a Uruguay. El gobierno paraguayo secuestró el buque “Marqués de Olinda”, que el 10 de noviembre de 1864 entraba a la rada de Asunción. El día 12, Berges comunicó al representante brasileño que quedaban rotas las relaciones diplomáticas y prohibida la navegación de los ríos de la República a los brasileños.La campaña de Matto Grosso, fue confiada al general Vicente Barrios y partió el 24 de diciembre de 1864 con 3200 hombres en cinco vapores y tres goletas. El objetivo se cumplió con éxito.Para llegar al estado brasileño de Río Grande do Sul, López, debía necesariamente cruzar por el territorio argentino. Informó entonces a Urquiza advirtiendo que ese cruce necesario no era “una amenaza a las provincias amigas de Entre Ríos y Corrientes, ni al gobierno nacional argentino”. El general Urquiza expresó su apoyo a López, y le aconsejó solicitar oficialmente el tránsito al gobierno de Buenos Aires. El 14 de enero de 1865, Berges solicitó al canciller Elizalde que “los ejércitos de la República del Paraguay puedan transitar el territorio argentino de la provincia de Corrientes en el caso de que a ello fuesen obligados por las operaciones de la guerra...”.El Congreso extraordinario del 5 de marzo nombró a López, Mariscal de los Ejércitos de la República, creó la Orden Nacional del Mérito, autorizó la contratación de un préstamo y el 17 de ese mes, ante la noticia que la Argentina había permitido la subida del río Paraná a la escuadra brasileña del almirante Tamandaré que venia a bloquear Tres Bocas, autorizó la declaración de guerra al gobierno argentino.Una columna paraguaya al mando del general Robles atacó y ocupó la ciudad de Corrientes avanzando hacia el sur. El 1° de mayo de 1865 el canciller argentino Elizalde, el representante brasileño Octaviano y el uruguayo Carlos de Castro firmaron el tratado secreto de la Triple Alianza. Salió de Encarnación otro ejército a las órdenes del teniente coronel Antonio de la Cruz Estigarribia. El Mariscal López trasladó su Cuartel General a Humaitá. A fines de junio, el general Robles fue sometido a proceso y fusilado por indisciplina. Lo reemplazó el general Resquín. La división del teniente coronel Estigarribia se había apoderado de Uruguayana y su segundo Duarte ocupado Paso de los Libres. El 17 de agosto, el destacamento Duarte fue casi exterminado en la batalla de Yatay. Los aliados se concentraron luego sobre Uruguayana y el 19 de setiembre, Estigarribia se rindió.Se evacuó el territorio de Corrientes y se establecieron en Paso de Patria. Se inicia la segunda etapa de la guerra, cuyas campañas más destacadas son las de Humaitá, Pikysyry y Las Cordilleras. La victoria de Curupayty frena la ofensiva aliada. El ejército paraguayo pelea en Corrales, Estero Bellaco, Tuyuty, Yatayty-Corá, Boquerón y Sauce. Cae Humaitá y López traslada su Cuartel General a San Fernando al norte del río Tebicuary. Una serie de informes llegados de Asunción, hacen que el gobierno acuse de conspiración y connivencia con el enemigo a figuras principales y se crean los tribunales que sentencian como culpables a los hermanos del Mariscal, Venancio y Benigno, sus dos cuñados Saturnino Bedoya y el General Barrios, al Canciller Berges, al Obispo Palacios y a centenares de hombres y mujeres. Es señalado como cabeza de la conspiración el ministro norteamericano Washburn junto con los cónsules de Francia, Italia y Portugal. De junio a diciembre de 1869 fueron fusiladas casi 400 personas. Después vendrán heroicas batallas. El 14 de febrero de 1870, el ejército se retira hasta Cerro Corá. Una columna brasileña despachada desde Concepción al mando del general Correa da Cámara se enfrenta el primero de marzo con el ejército de 200 hombres del Mariscal López. Fue herido de un lanzazo en el bajo vientre y de un sablazo en la frente. Auxiliado llega a orillas del río Aquidabán, y donde es alcanzado por el General Correa da Cámara, quien le intima a que se rinda. El Mariscal López se batió sable en mano hasta el final. Su última frase sigue siendo hasta la fecha una materia de controversia. Algunos historiadores señalan que dijo: “¡Muero por la Patria!” y otros: “¡Muero con la Patria!”. Negándose a entregar su espada fue herido por otro soldado que lo ultimó de un tiro al corazón.Fuente: Eligio Fariña. Patria Grande, Asunción, Paraguay.

Bodas entre cadáveres, una oscura tradición china

En ese país oriental consideran que todos deben casarse. Por eso muchos intentan unir solteros... aunque ya no tengan vida

La detención de cuatro chinos en estado ebrio pillados "in fraganti" con el cadáver desenterrado de una joven en el maletero del auto en el que viajaban arrojó luz recientemente sobre la dificultad para cumplir con la macabra tradición del "Minghun", las bodas entre cadáveres de solteros.
"Creo que la creencia más importante detrás de esta práctica es que todo el mundo debe casarse", señaló a Efe Yao Ping, antropóloga e historiadora, autora de libros sobre tradiciones y mujeres en la China imperial.